Cercanías




Este relato está dedicado con mucho cariño a mi pequeña y querida Tropa.



                El ecuador de la semana inicia un nuevo ascenso en esa extraña montaña rusa diseñada con mis estados de ánimo. Muerta de sueño, como siempre que dejo de leer a las tantas, salgo a toda pastilla en mi Clío hacia la estación del tren. Mismo horario, mismas caras, mismo sueño, pero distinto capítulo, así que desbloqueo el móvil y abro el libro por donde lo dejé la noche anterior.

                ¡Y vaya noche... vaya libro...!

                Me dormí a cien, aunque con sólo uno me era suficiente para aliviar ese nosequé con el que me acosté. Pero me daba pena despertarlo, muy por encima de mi manifiesta calentura, así que dejé a mi guapetón en los brazos de Morfeo y yo me contenté con las patas de mi perra dándome calor. Por si no estuviese ya lo suficientemente caliente en esa noche fría otoñal…

                El cercanías para en la primera de las paradas intermedias que interrumpe por sistema mi lectura, gracias a la ineludible grabación que anuncia el destino de otros que, como yo, acuden a su cita diaria con el trabajo metidos en su mundo. Unos duermen, otros charlan, mientras yo leo. Yo siempre leo.

                ¡¡¡Y vaya con lo que leo!!!

                Otra vez se pone interesante y no sé si motivado por lo que devora mi despejada cabeza matutina o porque alguien ha faltado a su cita con el tren, pero hoy no oigo charlar a las dos pesadas de varios asientos más atrás. De pronto noto algo no menos novedoso y es que descendemos poco a poco. Pienso que por fin han terminado el soterramiento de la vía que me saluda a diario, pero cuando la rampa se hace más empinada, me comienzo a inquietar y miro por la ventana. Todo está oscuro, muy oscuro y en ese maldito momento es cuando llega el revisor y me dice "buenos días", que en su idioma significa "dame el ticket o te cagas, mala puta". Yo saco la tarjeta mensual y le miro de arriba abajo al ofrecérsela.

                ¡Joder con el revisor! Está para darle el ticket y todo lo que pida sin rechistar.

                Me dice que hay un problema con la tarjeta y debe pasarla por el lector fijo para comprobar que no se trata de una réplica. Yo asiento y me dispongo a continuar con la lectura. Me muero por girarme y regalarme un homenaje observando su culito, pero prefiero evitar la vergüenza de que pudiese descubrirme mirándolo como una vulgar salida.

                Metida como me encuentro ya de lleno en la lectura, me sobresalto cuando una caricia en el cuello me trae de vuelta al mundo de lo real. El muy cabrón me ha rozado el cuello con la tarjeta mientras me decía con su voz grave "todo correcto, señorita".

                ¡Era lo que necesitaba yo, después de lo que ando leyendo!

                Sin saber de dónde, pero de algún lugar de mi interior salen las palabras "aquí estoy dispuesta por si necesitas algo más, guapetón". Él me recorre con la mirada y se gira sin prestar mucha atención a mis palabras, mas cuando la vergüenza se apodera de mí, siento que unos dedos suaves me acarician el cuello y se introducen bajo mi blusa. Me pongo cardíaca cuando me pellizca un pezón mientras me dice "esto es lo que necesito".

                Me giro a un lado al recordar al tío del bigote que se sienta a mi derecha todos los días, pero no está. Ni él, ni nadie más.

                ¡¡¡No hay nadie en el vagón!!!

                Nuestra soledad favorece que mi apuesto revisor se crezca y comience a acariciarme los pechos desde un costado.

                ¡Y vaya si se ha crecido!

                Noto su erección junto a mi brazo, mortificando mi interior y humedeciendo mi exterior. Sus manos descienden junto al hormigueo que ya me recorrió hace rato desde el cuello hasta mi zona corporal más dispuesta y receptiva. Y hasta ahí que llegan sus cálidos dedos. Introduce su mano por debajo del pantalón y las bragas y llega hasta mi entrepierna.

                ¡¡¡Joder con este tío, guapo, morboso y directo!!!

                Comienza a masajear la zona y aunque en principio pienso que es cuestión de segundos que me visite un orgasmo de los que marcan época, lo cierto es que parece un poco brusco. Demasiado, diría yo. Cuando estoy a punto de decirle que pare, noto un agudo pinchazo en mi hinchado clítoris que me hace cerrar los ojos con fuerza. Cuando los abro, veo que veinticinco kilos de perra oprimen mi zona más sensible a las caricias.

                ¡Me ha hecho daño, mucho daño! Pero no físico, no…

                Eso no se hace, con lo buenorro que estaba mi revisor. Al menos he sacado algo positivo de todo esto y es que debo reducir mi consumo de literatura erótica.


                
                Odio que me cambien el turno. Y más si me pasan al aburrido turno de mañana. Y aún más si me he quedado hasta las tantas viendo la tele. Pero lo que más odio es lo laaaarga que se hace la mañana.

                Y encima hoy no hay nadie. ¡Perfecto!

                Aunque ahora que me fijo, al fondo del vagón hay una chavala. Me dirijo hacia ella para justificar mi salario y cuando llego a su altura la encuentro leyendo. Aprovecho su estado de hipnosis temporal y me recreo con lo que ven mis ojos.

                ¡Jooder! Está buena la tía.

                La saludo con mi habitual "buenos días" para que saque el ticket, aunque en mi idioma significa "o me das el ticket o te doy con mi porra". Cuando me lo da, una idea se le ocurre a mi Yo más juguetón para distraerme un poco, así que le comento que debo pasar su boleto por el lector fijo y le digo que volveré enseguida para devolvérselo.

                Hago el paripé y cuando me fijo que sigue leyendo, me acerco por su espalda y no sé por qué, pero le acaricio el cuello con el boleto. Tiene una piel tan tersa que me lo estaba pidiendo a gritos. Pero cuando le digo que todo está correcto, la muy zorra tiene que contestarme que ahí la tengo dispuesta para lo que necesite.

                Me giro para ver si ha llegado alguien más y al verificar que seguimos solos, me lanzo sin pensarlo. Le acaricio el cuello, aunque la situación requiere de premura, así que le paso la mano por debajo de la blusa y le pellizco un pezón.

                ¡¡¡Lo tiene como una piedra de duro!!!

                Noto su gemido mientras yo crezco bajo el pantalón, así que me rozo con su brazo y mi mano va directa a su entrepierna.

                ¡Jooder, que se me ahoga la mano!

                Está bastante húmeda y receptiva, así que decido intensificar mi presión sobre su clítoris. Más, más y más fuerte mientras cierro los ojos dejándome llevar. Y cuando creo que el dedo me va a estallar de tanto apretar, me veo pulsando el botón de la alarma, con el dedo blanco y casi sin circulación por semejante opresión. Odio cuando me suena el despertador los días en que me pasan al turno de mañana.

                ¡¡¡Eso no se hace!!! Y no porque tenga mucho sueño, no…

                Eso no se hace, con lo buena que estaba mi chavala del vagón. Pero al menos he sacado algo positivo de toda esta historia y es que debo dejar de ver pelis porno por la noche cuando curro de mañana.


                A ver cómo le explico yo al editor que me he pegado hasta las cuatro de la mañana intentándolo, pero no tengo el relato corto que me pidió. Absorto como voy con mi fracaso, se me olvida sacar el ticket y el tren ya está ahí...

                ¡A tomar por culo, salto el torno!

                Menos mal que no me ha visto nadie, aunque ni vi a nadie en la estación, ni veo a nadie en el vagón. O sí... Hay una chica al fondo y veo que se le acerca el revisor.

                ¡Lo que me faltaba para completar el día!

                Me agacho para intentar que no me vea. Estamos en el último vagón e igual le pide su ticket y al no ver a nadie más, se gira y se va. Miro por el hueco entre los dos asientos y observo aterrado que se gira hacia mí.

                ¡Dios, seguro que me ha visto!

                Me agacho más aún, pero pasan los segundos y no llega, así que me incorporo y veo que está acariciando el cuello de la joven.

                ¡Joder con la calentura del revisor y de la tía esa!

                Baja la mano y creo que le toca las tetas. Verás que al final me ponen cachondo el revisor y la revisada, verás. Se agacha y me parece que le está tocando el coño.

                ¡¡¡Jooooder con el puto revisor!!!

                Sin saber ni cómo ni por qué, pero cuando veo que le quita el pantalón, las bragas y la empala, me levanto, me voy hacia ellos y les hago una foto con el móvil. Ellos, al oír el chasquido de la cámara, me miran avergonzados. Les invito a que sigan, pero les advierto de que si no quieren que cuelgue la instructiva instantánea en la red, yo debo unirme a ellos.

                Ambos se miran y asienten sin dudarlo, así que me bajo el pantalón, me sitúo y cuando siento la calidez y opresión del oscuro agujero libre contra mi polla, suena la voz grabada que anuncia la llegada a mi estación. Abro los ojos y me veo empalmado por culpa del jodido sueño.

                Salgo disparado hacia la editorial y cuando llego, la secretaria me dice que el editor habitual no está. Me indica que la sustituta me recibirá después de hacer lo propio con el hombre sentado junto a la puerta. Lo miro, él me mira y nos reconocemos. En ese preciso momento abre la puerta la editora.

                Un incómodo silencio se hace entre los tres mientras la nueva jefa nos estudia con lascivia en su mirada.

                ¡¡¡Revisor, revisada y mirón juntos en la vida real!!!

                Por fin nos dice que entremos y para rematarlo añade que prefiere recibirnos a los dos a la vez.

                ¿¿¿Cómo quiere recibirnos a la vez???

                Entramos y después de lo que ocurre en su despacho nace este relato, aunque me aseguré de no caer en la tentación de sacar foto alguna, ya sabes...

                Aunque no lo creas, he sacado algo positivo de toda esta historia y es que aunque me duerma, debo escribir hasta dormido :-)

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