El ultimátum






Esta historia está dedicada con mucho
cariño a mi querida Tropa.

            

                A primera vista, ésta puede parece una historia más. Una de tantas y tantas historias en que un hombre no sabe reconocer un verdadero tesoro, pese a cegarle la cercanía de su brillo. Una simple historia en que la codicia y la lujuria se apoderan de la voluntad de un ser humano hasta hacerle desmerecer semejante tratamiento. Un relato en el que la sola belleza de su protagonista ya sería suficiente para justificar su propia existencia. Pero no, no se trata de un simple relato o una simple leyenda, no es un sencillo diario ni la reproducción de una autobiografía. Nada de esto es porque lo que hoy les cuento narra el principio de mi muerte.
                Corría el año de nuestro Señor de 1.849, cuando el nacimiento del undécimo mes era casi una realidad. El frío de las Montañas Azules de Nueva Gales del Sur invitaba a no salir de la alcoba, pero la reciente aparición de un nuevo yacimiento me hizo saltar de la cama con la misma ilusión con que un niño afronta las primeras nieves. Pero mi alegría nada tenía que ver con el inmaterial e inocente deseo ubicado en la virginal mentalidad de un crío. La avaricia se apoderaba de mi cabeza por entonces, provocando que mi fiebre por el oro australiano subiese considerablemente cada mañana, mientras que las noches estaban reservadas para vanagloriarme, idolatrarme y homenajearme por ser tan guapo, tan rico, tan poderoso.
               
¡Ay de mí, que aún no encuentro la Gloria por no saber reconocer en aquel momento la verdadera belleza!
                Cuando incluso era temprano aún para que el gallo despertase, salté de la cama como poseído. Me vestí con el mismo calzón largo del día anterior y cogí una nueva camisa de cuadros, ya que la del día anterior aún olía al polvo de las entrañas de la montaña que a diario empequeñecíamos a golpe de dinamita. Me lavé la cara con el agua helada de la palangana, me puse unos tejanos y mis botas marrones y salí disparado hacia la cuadra.
                Long hair me observaba dispuesto con su mirada casi humana, como si no hubiese pegado ojo en toda la noche, aguardando impaciente a que ambos fuésemos uno solo cuando cabalgase en su lomo. Su brillante pelo marrón y su larga cabellera negra estaban más limpios incluso que mi calzón y es que me obsesionaba con lucir el caballo más bello y veloz de la rica comarca australiana.
                La mañana fue quizás la más fructífera de las muchas que viví a los pies de la montaña. Unas cumbres que me convirtieron de largo en uno de los hombres más poderosos del continente olvidado. Hasta que llegó la hora de reponer fuerzas, mis hombres no pararon de extraer trozos y más trozos de rocas, cuyo color predominante era precisamente mi favorito, el dorado. El ánimo de los chicos estaba por las nubes mientras comían, pese a que ellos iban a recibir el mismo jornal aunque extrajesen la más grande de las piedras de oro. Pero les hacía felices comprobar que su trabajo se viese recompensado con la extracción del preciado metal y no con las muchas toneladas de negra roca que obtuvimos de la montaña en los inicios. Ellos sabían que en esos días yo también era feliz, muy feliz. Acostumbraba a pagar varias rondas en la taberna que nació con la expansión por la fiebre del oro. La comarca entera creció de manera espectacular y todos acudían para sacar rendimiento de una u otra forma.
                Cuando, entre bromas de hombres, salimos de los barracones en que almorzábamos, allí estaba ella para dibujar con su presencia, junto a tan agreste escenario, un contraste sencillamente perfecto. En realidad, toda ella era un contraste perfecto. El refinamiento de la más educada de las damas occidentales tras esa piel cobriza modelada con exquisita maestría. Salvaje belleza nacida del amor con que un colono inglés sufrió a una joven maorí. Y es que en aquellos tiempos era todo un sufrimiento lanzar las redes del amor en el mar equivocado. Las mezclas étnicas estaban duramente criticadas por la progresista sociedad anglosajona. Pero de una u otra forma, su padre consiguió mantener el respeto por su apellido y sólo en los corrillos se hablaba acerca del verdadero origen de mi bella esposa.
                Tres lunas han caído ya desde que mediamos la última palabra. Fue precisamente a las puertas de la casa de nuestro Señor, tras misa del domingo. Me reprochó mis constantes infidelidades ofreciéndome la más felina de sus miradas. Incluso a tan altas cotas de irritación era inmensamente hermosa. Quizás incluso más, pues sacaba a relucir su naturaleza salvaje.
                Y ahí estaba a lomos de su precioso caballo blanco mi linda amazona. Observando expectante mi caminar, aguardando impasible a que yo me acercase hasta ella, pero mi orgullo no me lo permitía, pese a que mi corazón latía con mayor viveza cuando a ella me acercaba. Le hizo un gesto a un obrero y tras comentarle algo, éste se acercó hasta mí y me reprodujo sus palabras.
                —Señor, su esposa me pide que le acerque su deseo de hablar con usted —me avisó muy diligente el joven.
                —¿Qué quieres, mujer? Tengo mucho trabajo aún por hacer —le anuncié sin mirarla si quiera.
                —Ya veo que hoy está feliz mi querido esposo. Supongo entonces que la fiesta nocturna con tus amigas rameras está pues asegurada.
                —Sin duda alguna, mi bella dama —admití cruelmente.
                —Pues debería saber mi querido esposo que su desventurada sierva está hastiada de fingir dicha donde hace meses que sólo hay lugar para la desdicha.
                —¿Y sólo para eso ha cabalgado hasta un terreno tan varonil mi servil esposa?
                —Ni mucho menos, mi querido y respetable señor —me dijo enfatizando un honor comprado y medido con onzas—. Como ya le advertí en su día, hasta la más entregada de las esposas anhela tener un macho a su lado. Una fortuna de la que desgraciadamente me vi privada, mi querido señor, precisamente por usted. El único acercamiento desde hace dos estíos se resume en un bárbaro "cómete mi polla, mujer". Ni qué decir tiene que el solo hedor del vino que desprendía tu sucia boca respondió a tu demanda aquella noche. Desde entonces nada. Sólo pones tu virilidad a disposición de tus interesadas furcias.
                —Ya entiendo entonces cuál es su demanda, mi señora. ¿Cree usted que puede estar a la altura de mis… amigas nocturnas?
                —Sus amigas nocturnas, como usted las llama, no buscan otra cosa sino su oro, mi adinerado esposo. Por el reluciente metal harían lo que usted les pidiese sin dudarlo. Hubo un día en que yo lo hubiese hecho por amor, pero hoy vengo a reclamar lo que es mío por necesidad.
                —¿Lo que es tuyo? —pregunté sorprendido tuteándola para recordar tiempos pasados en que mi tono era diametralmente opuesto al dirigirme a ella—. Querida Rachel, ¿cuándo vas a enterarte de que a pesar de tenerte gratis no siento la necesidad de poseerte?
                Su rostro se inundó de tristeza e impotencia y haciendo gala de una entereza encomiable se sobrepuso a semejante humillación para pronunciar unas últimas palabras.
                —Tomas, ya no te lo pido, ya te lo advierto. Si esta noche no cumples en tu alcoba tus obligaciones como esposo mío que eres, te arrepentirás durante muchas vidas.
                —¿Es una amenaza?
                —No, es un ultimátum.
                —No tengo nada que temer, mujer. Soy uno de los hombres más poderosos de Nueva Gales del Sur. ¿Qué puedo temer de una aborigen que sólo debería preocuparse a diario por servir a mi grandeza?
                —Tu grandeza será tu castigo. Hasta la noche, querido esposo.

                Ni que decir tiene que, varias horas después, tras la tercera copa de vino ya no recordaba lo más mínimo de la amenaza de mi esposa. Una mano para agarrar el vaso y otra para acariciar el pecho desnudo de una tentación rubia sentada a mi lado, que servilmente me correspondía agarrando mi polla a mano llena. Nadie se asustaba de mis excesos con el alcohol o con las mujeres, ya que mi poder pagaba su silencio. Aún así, yo no me sentía cómodo cuando la situación se ponía realmente caliente. Y entre el fuerte licor ingerido y aquella mano manoseando mis pelotas, las calores se apoderaron de mi cuerpo.
                Me levanté con la intención de llevarme a esa zorra hacia la habitación contigua, como tantas veces hice con otras muchas. Justo en el momento en que mi cabeza dio vueltas y antes de recuperar un completo equilibrio, la imagen de Rachel atravesó mis pupilas y se instaló en mi cerebro recordándome sus palabras. Una sonrisa se apoderó de mi semblante y entonces apareció la versión más canalla de mi ser. No sólo renuncié al que posiblemente hubiese sido el mejor polvo de mi vida de haber partido hacia los brazos de mi mujer, sino que encima decidí experimentar una experiencia jamás vivida. Esa noche tendría sexo por pares.

                —Tú, vente con nosotros —le dije a otra zorra de pelo negro que se acariciaba con uno de mis lugartenientes. Ella, evidentemente, se vino con quien poseía el poder.

                Dos cuerpos desnudos de mujer ante mí en aquella cama no muy grande. Yo de pie frente a ellas, también desnudo, pero con una pequeña bolsita de cuero colgando de mi polla erecta gracias al cordón que la cerraba.
                —Es esto lo que queréis, ¿verdad putitas mías? —Ambas rieron sin pronunciar palabra alguna. La rubia era la más atrevida de las dos y se lanzó sin dudarlo hacia mí. Agarró la base de mi pene posando parte de su mano sobre ambas bolsitas, la de cuero y mi escroto, y sin mayor vacilación se lo introdujo en la boca. La otra miraba con fingida lascivia, aunque siempre me pregunté si realmente sentían excitación o lo único que alteraba sus sentidos era mi oro. En cualquier caso, por aquellos tiempos poco o nada me importaba. Sólo quería hacer uso de mi poder para complacer cada una de mis exigencias.
                —Tú —requerí a la morena—, acaricia su coño. Quiero verte —le dije a la vez que posé mis rudas manos sobre los pechos de la rubia. Con cada una de sus embestidas conseguía que mis caricias fuesen más y más intensas. Era la relación más morbosa que jamás tuve y fueron muchas y muy variadas. La rubia gemía mientras succiona mi hombría, mientras que la morena jadeaba magreando la entrepierna de la primera e intentando abrirse paso entre mi abdomen y los labios que se apoderaban de mi razón, como intentando reclamar su parte del pastel.
                Apenas me percaté de las uñas que se hundían en mi culo cuando un cosquilleo que llegó hasta mi cuello provocó que mis labios soltasen un gemido que casi era un grito. A punto de correrme en el interior de aquella sucia boca reaccioné y me salí. Sabía que tras un día de duro trabajo era complicado que mi cuerpo pudiese graduarse con doble ración de orgasmo, así que retiré a la rubia con una mano y asiendo con rudeza por las nalgas a la morena la atraje hacia mí. La abrí de piernas y me introduje de forma brutal hasta hacerla gritar. Semejante bestialidad la motivó una nueva imagen fugaz de Rachel que situó su rostro sobre aquella furcia, llegando nuevamente para intentar joderme el polvo. Pero no me amilané y busqué mayor disfrute indicando a la rubia que se abriese de piernas sobre la boca de la morena, que yacía tumbada frente a mí y aún dolorida por mi primera embestida.
                Con la morbosa y maravillosa visión de aquella lengua jugueteando con el clítoris de la hembra que me follaba comencé de nuevo a empujar con fuerza. Dos de mis dedos jugaban con el clítoris que acariciaba mi vello púbico con cada ida, mientras que la otra mano la usaba para levantar el culo de la zorra hasta encorvarla en una posición de lo más sensual. Una y otra y decenas de veces más embestí con fuerza hasta que apareció de nuevo ese mágico cosquilleo que te priva de todo contacto con el mundo exterior. Es en ese momento cuando nada de lo que sucede en tu entorno parece existir. El sonido se queda mudo, el aire inerte y hasta la luz deja de existir cuando abandonado al placer extremo te dejas llevar hacia donde la fusión de dos cuerpos entregados dan sentido a la palabra clímax.
                Esa fue la primera vez que llegué al clímax y la última en que disfruté del sexo. Desde aquel preciso momento todo cambió.
                Después de aquella experiencia única seguí tomando algunas copas más y cuando mis piernas apenas eran capaces de sostener a mi cuerpo, salí dando tumbos, monté sobre mi bello corcel, no sin mucho esfuerzo y volví de regreso a casa. Por el camino me acompañó de nuevo la visión de mi esposa. La imaginaba tocándose para poder satisfacer su frustración ante mi ausencia. Pero la realidad fue bien distinta.
               
Cuando llegué, la encontré de pie esperándome a los pies de la cama, aunque muy lejos de esperarme desnuda, lucía ropa de abrigo y a su lado yacía una maleta de gran tamaño.
                —¿A dónde crees que vas? —le pregunté aún bastante borracho.
                —Lejos de ti. Te lo advertí, Tomas.
                Cuando se disponía a marcharse interpuse mi brazo en su camino y ella sacó toda la furia que llevaba en su interior y me empujó con ambas manos, consiguiendo que cayese de forma cómica a causa de la inestabilidad que me provocaba el alcohol.
                Cuando me iba a levantar para darle un tortazo por alzarse contra mi poderosa estampa, ella soltó unas palabras que se quedaron grabadas en mi memoria hasta el día de hoy.
                —¡Yo te maldigo por tanto y tanto como me has hecho sufrir! Maldigo tus relaciones presentes y futuras, así como maldigo tu vida y tu muerte. Una muerte que llegará cuando pagues hasta la última de las humillaciones con que has castigado mi fidelidad. Tomas Ween, desde hoy estás maldito y vagarás a medio camino entre la vida y la muerte hasta que no des placer extremo a trescientas mujeres. Una por cada una de las semanas que me has hecho sufrir este simulacro de matrimonio, una por cada año que vagarás por el limbo, para sólo sacar a pasear por la tierra tu hermosa y etérea presencia tales día como hoy. El día de los muertos será tu día.
                Y tras decir eso se marchó para siempre, aunque antes me mostró una de las pequeñas bolas de oro con mis iniciales que regalaba a mis putas. Yo me quedé pasmado y hasta cierto punto, temeroso. Tenía presente sus orígenes y al igual que su madre, ella conocía de muchos conjuros y maldiciones maoríes, por lo que temí que fuese cierto, pese a no creer en nada distinto de lo material. A misa asistí durante años por aparentar. Sólo me importaba el sexo, el oro y mi disfrute. Y como ella dijo, ese sería mi castigo.
                Hoy, 164 años después, aún sigo vagando por el inframundo, esperando desesperado que llegue mi día, el día de los muertos, el día de Halloween en que debo dar placer para añadir una muesca a las muchas que ya me contemplan. Aún me queda un largo camino para descansar de una vez, pero supongo que merezco semejante castigo por no saber reconocer un tesoro cuando lo tuve tan cerca.
                Mi único tesoro, desprovisto ya del placer de mi vida convencional, son las 136 bolas doradas con mis iniciales que aún guarda mi bolsita de cuero. Una por cada mujer a la que debo dar placer extremo para ser cada día más etéreo hasta que deje de existir y la historia de Tomas Ween se convierta en una más de tantas y tantas leyendas como pueblan el planeta.
                La mía no es una leyenda más, la mía es la historia del principio de mi muerte.

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