En la memoria


Con la colaboración de María José Gutiérrez


                Habrá quien a menudo encuentre explicaciones en el azar, pero la fortuna no forma parte de mi vocabulario. Yo creo en el destino, en la casualidad, en la causa y en el efecto. La historia que cambió mi destino nació a raíz de una serie de causas y posterior sucesión de efectos, así como de un cúmulo de casualidades. Todos estos aspectos modelaron caprichosamente mi destino... y el de ella.
                Siempre he sido una soñadora, pero una mala decisión truncó mi futuro, uno que se dibujaba ¡¡¡tan dulce!!!
                Tuve que afrontar decisiones difíciles y muy dolorosas. Mi pasado me hizo esclava de mi futuro, todo estaba negro, era tan oscuro que ni la luz cegadora del amor alimentaba mis días. Me había dado por muerta, estaba muerta en vida.
                Pero no sé si el capricho del destino, la mano amiga que nunca te suelta, o simplemente que me lo merezco, de repente todo empezó a cambiar.
                De nuevo el blanco y toda la gama de colores cálidos volvieron a mí.
                Aquella gélida mañana de febrero comenzó torcida. Tenía una entrevista de trabajo y me quedé dormido porque la noche anterior apenas pegué ojo con tanto pensar en las palabras que diría. Pese a que pensaba tomar el metro, el tiempo se me echaba encima y decidí desplazarme en mi viejo Vespino. Aún me sonrojo de lo ridículo que me sentí, enchaquetado como iba, con el objetivo de dar buena presencia para el puesto de gerente de un restaurante englobado en una cadena nacional.
                Llevaba dos noches sin dormir, estaba nerviosa esa mañana y pensaba que el día antes podría haber estado todo solucionado. Pero no, tuvo que llamar mi doctora diciendo que cambiaba la cita para ese día. Tenía miedo; no sabía si estaba preparada para recibir el alta hospitalaria. Todos se empeñaban en asegurar que soy fuerte, que saldría de ésta, pero en realidad estaba cagada. Gracias a Dios que mi amiga Eugenia me acompañó a la cita. ¿Qué haría yo sin esta mujer?
                —Bueno, Yoli —dijo mi psicóloga—, a partir de ahora eres una mujer nueva. Recuérdalo, tienes un futuro por delante, así que no vuelvas a mirar hacia atrás. La vida te ha dado una segunda oportunidad maravillosa, amárrate a ella con uñas y dientes y recuerda que siempre estaremos aquí para ayudarte. En seis meses me gustaría saber de ti.
                Salí de la consulta temblando y me abracé a mi amiga.
                La entrevista no salió bien. Por una razón u otra eligieron a otro aspirante unos días después. Lo supe desde que entré por la puerta, pero me mantuve firme el tiempo que duró. Sin aspiraciones de conseguir el puesto, me monté en mi ciclomotor y partí de regreso a casa, con tan mala suerte que a medio camino comenzó a diluviar (causa) y me tuve que refugiar en una cafetería (efecto). Aunque como no creo en la suerte, lo achaqué a la casualidad de conducir en ese preciso momento.
                Empapado, helado, sin futuro, sin presente y con un pasado para olvidar entré por la puerta hacia mi destino.
                Cuando nos disponíamos a salir, estaba cayendo el diluvio universal y, como siempre en estos casos, sin paraguas. En fin, que decidimos tomar un café en la cafetería vecina del centro de salud en lo que cesaba la lluvia. Estábamos tan enfrascadas en la conversación que apenas nos dimos cuenta cuando entró un hombre en la cafetería. Pobrete, parecía un pollito mojado hasta las cejas, con un casco colgado del brazo y un semblante muy serio. Pero la sorpresa mayor fue cuando se acercó a nosotras.
                No por favor, no te acerques, comencé a temblar.
                La barra estaba hasta arriba de clientes, excepto al final, pareciendo que me habían dejado libre la esquina para que yo sacase el córner. Normal, todos se resguardaban de lo mismo que yo, sólo que ellos estaban secos y yo calado hasta los huesos. Sólo me faltó saludarlos uno a uno y firmarles un autógrafo cuando me hicieron el pasillo para que no les mojase al pasar por su lado. Alguno dibujaba una sonrisilla a la vez que yo me cagaba en parte de su familia, pero cuando mis ánimos estaban a punto de hacerme soltar una barbaridad, una cara conocida se me acercó.
                —¡Robertoooo! ¡Qué de tiempo! —exclamó eufórica aquella cara de sonrisa eterna.
                —¿Eugenia? ¡Joder, no me lo puedo creer! —correspondí y ambos nos abrazamos.
                No me lo podía creer, seguía caminando en nuestra dirección, el miedo se apoderaba de mí por momentos. Pero cuando la situación parecía que no podía ir a peor, vi a mi amiga que se levantó como una exhalación y gritó haciendo girar las cabezas de toda la gente allí presente.
                -¡Robertoooo! —exclamó y se fundieron en un abrazo de esos que solo Eugenia sabe dar, cálidos, afables, vamos, como un caldo reconstituyente en día de resaca. Mi nerviosismo empezó a disminuir, los latidos de mi corazón comenzaron a ser más lentos y rítmicos.
                ¿Algún día podrá acercarse un hombre a mí? Creo que no.
                De repente, los dos se giraron hacia a mí y vi a Eugenia con "esa mirada".
                Ni se te ocurra, Eugenia, pensé y así, sin darme cuenta, me vi con dos besos en la mejilla. Dos besos húmedos, que contrarrestaron con el calor de mi rostro. Mi corazón se desbocó de nuevo, pero con un latir distinto.
                ¡Cuánto tiempo hacía que una mujer no me miraba así! Aunque a saber cómo la miraría yo. Fue tan hermosa esa primera visión que capturó mi retina… ¡Joder! Que hasta me pareció ver un aura sobre ella que me recordó a los enamoramientos en las pelis de humor. Era bella, muy bella, pero sus ojos estaba tristes, muy tristes. Incluso así la seguí viendo preciosa, casi ocultando esos ojazos marrones bajo el delicado manto rubio que colgaba sobre su frente.
                ¿De quién se esconde esta preciosidad?, pensé a la vez que sentí la calidez de su tersa piel acariciando mis cachetes aún mojados. Sentí un nerviosismo peculiar en el estómago que se trasladó hasta mi cerebro cuando me presenté.
                —Encantado, Roberto… Estoooo, encantado, Yoli. Soy Roberto.
                ¿Pero qué mira este? ¿Qué manera de mirar a una mujer es esa? Noté la angustia dentro de mí y tuve que bajar la mirada, no pude sostenerla, pero ¡qué curioso! Necesité mirarle de nuevo. El pobre, todo mojado y esa media sonrisa que dibujaba una expresión de candidez en su cara.
                —Encantada, Roberto —dije con voz temblorosa. Y entonces, al ver mi nerviosismo, fue cuando la loca de Eugenia tomó las riendas de la conversación.
                —Pues mira, Roberto, estaba comentándole a Yoli la posibilidad de salir de marcha con varias parejas casadas y no tan casadas —le dijo, dándole un codazo—. Hay un pub que los sábados tienen música en directo y éste actúan unos conocidos míos. Vamos a ir varios amigos y estoy intentando convencer a esta cabezota para que se una a la fiesta, pero no quiere ni bien ni mal. ¿Qué tal si la acompañas tu?
                —¡De acuerdo! —respondí sin pensarlo. Hacía ya casi dos años de mi último desengaño y esa mujer tenía algo… tenía algo que me comenzó a enamorar. Tan fiera fue su respuesta pisando a la mía, como dulce su carcajada posterior por tan cómica situación de respuestas encontradas.
                —¡¡¡Ni lo sueñes!!! —Respondí al unísono y por primera vez en mucho tiempo solté una carcajada sincera, desde dentro. Sus ojos y los míos volvieron a coincidir y mi ya desbocado corazón dejó de latir lo que dura un suspiro.
                No llevábamos ni cinco minutos charlando y Eugenia dejó de existir, el resto de clientes de la cafetería e incluso el camarero se fueron de vacaciones. Sólo estábamos ella y yo, yo y ella. Ambos unidos por una extraña y poderosa sensación, un embrujo que no me permitía mirar hacia otro lado. Estudiaba todos y cada uno de sus rasgos, sus pequeñas imperfecciones en ese océano perfecto en el que ya navegaba a la deriva, perdidamente enamorado.
                Pero como si de un par de negros nubarrones en la inmensidad de un cielo azul se tratase, sus ojos aún desprendían tristeza. Claudiqué ante el sugerente vaivén de su cabello dorado, me dejé embrujar por el embriagador sonido de su dulce voz, cual sirena entonando un mágico hechizo, me perdí en sus montes modelados con exquisita redondez y deliciosamente naturales… Pero su ojos me apenaban, me desconcertaban, me castigaban. Incluso cuando reía me apuñalaba su tristeza haciéndome sentir culpable por algo que no hice porque ni sabía si quiera qué podría ser ese algo.
                Horas, semanas, siglos podría haberme pegado allí observando la perfección hecha mujer, incluso con aquel temor instalado en sus entrañas y que escapaba por sus ojos. Pero tenía que recoger el ordenador en el servicio técnico, muy a mi pesar, así que me despedí con dos besos a Eugenia y dos confesiones convertidas en cariñosos besos en las sonrosadas mejillas de Yoli. Y desaparecí del lugar sin mirar atrás para no lanzarme a buscar lo que demandaban mis labios.
                Después de esa ruptura del hielo, la charla continuó siendo amena, ligera, agradable. Pese a las barreras que suelo ofrecer a los hombres, con este morenazo de ojos negros me resultaba más fácil hablar, pero el temor seguía agarrado a mi alma. Incluso en un movimiento exagerado de su brazo sentí que el corazón se me encogía, pensando que su mano acabaría hiriéndome; incluso cerré los ojos inventado una protección que no existía y que por suerte en ese caso no fue necesaria.
                No era consciente de toda la conversación, apenas me di cuenta de que intercambiaban sus teléfonos. Intentaba seguir sus palabras, pero algo me lo impedía, mi mecanismo de defensa estaba actuando a su máxima potencia, aunque por alguna razón que se me escapaba no podía dejar de mirar sus ojos, oscuros como mis días, hermosos como el silencio. Sus labios se movían a un ritmo hipnótico, no entendía lo que pronunciaban, sólo sentía que necesitaba tenerlos cerca, de sentir su aliento abrasador asolando mis defensas.
                Amablemente se despidió inventando una pobre excusa de un ordenador o no sé qué. Realmente no lo recuerdo, sólo sé que todo quedó relegado a un segundo plano cuando volví a sentir sus labios en mis mejillas. Esta vez sus besos fueron cálidos, su piel seca se sentía suave y logró envolverme en una especie de nube.
                —Tssss. ¡¡¡Despiertaaaaa!!! —me alertó mi amiga.
                —Perdona Eugenia, no sé qué me ha pasado —le respondí—. Y, de repente, de mis ojos empezó a brotar un manantial de lágrimas, unas lágrimas que no encontraban consuelo en los brazos de mi gran amiga. Estaba tan asustada de no poder volver a sentir…
                Ese hijo de puta había roto mis sueños, había destruido mi capacidad para recibir amor y lo peor, no se llevó solo mi vida, acabó con la pequeña vida que hubiese sido mi tabla de salvación.
                Pero aún con mis temores, había una luz al final del túnel…

                Estaba nervioso, muy nervioso, acojonado. En ese preciso momento debería estar castigándome por mi estupidez de haber rechazado una nueva invitación en mis dos años de oscuridad, pero acepté una oferta irrechazable.
                ¿Quién puede negarse a cruzar las puertas del cielo?
                Yo las tuve frente a mí en aquella cafetería y esa noche estaba dispuesto a cruzarlas. Su mirada reflejaba una conexión directa con su infierno interior, pero desde que la vi supe que era ella. Comprendí que mi destino era amarla, respetarla y protegerla.
                ¡Ay de mí! Que en aquellos momentos no supe reconocer que su temor residía en mí, en el hombre.
                Me sorprendí mirándome al espejo, de repente tenía ganas de volver a poner color en mis ojos, en mis labios…
                ¿Me veía diferente o me miraba distinta? Revolviendo en el armario, no encontraba nada que ponerme para la noche, esa noche. ¿Por qué estaba nerviosa? Esos ojos negros clavados en mi pupila martilleaban en mi memoria, sabía que algo escondían. ¿Quería saber qué era?
                Millones de preguntas sacudían mi mente y por fin decidí que no quería ir, no iba a acudir a la cita, aún no estaba preparada. Pero como si ella me leyese la mente, recibí una llamada.
                —En cinco minutos estoy en tu casa, salimos de compras.
                Clic.
                Cuando volví a casa me vi con un montón de ropa, zapatos hasta perfume, yo diría que aquel día compré una sonrisa nueva, diferente a la de los domingos que estaba acostumbrada a mostrar en público.
                Casi todo mi armario posó sobre mí ante el espejo. ¿Cómo vestiría la gente tanto tiempo después? Entre el tiempo que me pegué enclaustrado con mi ex y los casi dos años que llevaba sin salir, no tenía ni idea de cómo vestir. Al final me pillé unas vaqueros azules gastados para lucir aspecto juvenil, aunque lo conjunté con una camisa azul que me puso mi madre por reyes y una chaqueta de vestir para ofrecer el toque de elegancia varonil que tanto gusta a las tías.
                En aquella cafetería no dejaba de mirarme, pero desde siempre he intentado pensar que no siempre que una mujer me mire es porque le gusto. No soy el típico hombre, aunque no puedo negar que el instinto natural dormido durante tanto tiempo se despertó al verla. Y es que encima de guapa ¡estaba buenísima!
                Me miré por última vez en el espejo, me eché otra buena dosis de Mont Blanc y me dispuse a salir en busca de mi destino.
                Bien, llegó la noche, la noche que yo no sabía que sería la que cambiase mi vida por completo. Decidí ponerme un vaquero ajustado, una camisa blanca y unas botas altas con un tacón de vértigo. Maquillé mi rostro con un ligero rubor en tonos tierra; le iba muy bien a mi melena rubia. Ya salía por la puerta cuando apareció Eugenia con su siempre eterna sonrisa. Me escanea con la mirada y ya sabía yo que algún pero tenía que poner.
                —¿Donde te crees que vas así? —Me quedo mirándola y repaso mentalmente mi visión en el espejo y vamos, no era una top model, pero iba bien vestida. Y de repente noto sus frías manos en mi pecho desatándome tres botones de la camisa.
                —Mucho mejor, ahora sí ¡¡¡nos vamos!!!
                —¡Ni loca voy yo así! No tengo ninguna intención de…
                —Cállate y deja por una vez tus miedos detrás de esa puerta. Esta noche empieza tu nueva vida, de eso me encargo yo —. Y así salimos de casa, ella riendo y yo… cómo decirlo… ¿dejándome llevar?
                Me resultaba extraño oír mis propios pasos, acostumbrado como estaba a ir a todas partes con los tenis. Sólo algún día, como cuando fui a la entrevista del día en que conocí a Yoli o cuando iba a la boda de algún colega, me ponía zapatos.
                En apenas cinco minutos recorrí las tres calles que separaban la boca de metro del garito en que me cité con Eugenia y su gente. Llegué temprano y aún no había aparecido nadie. El local estaba instalado en el río, semejando ser un barco anclado en el que se celebraban todo tipo de fiestas. Alguna vez me hablaron de él, pero nunca tuve la ocasión… o sí, pero decliné. Hasta hoy.
                Era una pasada. Con una decoración muy acertada. Velámenes con una disposición e iluminación muy estudiadas en el exterior y hasta el último detalle en el interior para conseguir un ambiente exquisito, único. Las luces de neón azules del techo conseguían el contraste perfecto con la naranja de la barra para dotar a la zona de las mesas de un embriagador y sensual color malva.
                Me acerqué a la barra y me pedí una cerveza. Ya llegaría la hora de ir a por algo más fuerte. No quería que los cuarenta grados del JB se convirtiesen en ochenta cuando ella entrase.
                Aparcamos a escasos metros del local. Recuerdo que en alguna ocasión pasé por la puerta, pero nunca tuve una ocasión para entrar y la verdad es que tenía buena pinta. Me disponía a salir del coche cuando noté que las piernas no me respondían, no seguían las ordenes de mi cerebro y me vi sumida en un verdadero ataque de ansiedad. Eugenia no tardó más de un par de segundos en estar frente a mí, acariciándome la cara. Si alguien sabía cómo me encontraba, era ella. Tiene un gesto tierno en su cara, como lo tendría mi madre si estuviese en aquel momento a mi lado. Me agarró las manos infundiéndome valor. No tenía que hablar, sus ojos lo decían todo. Por mi mejilla resbaló una tímida lágrima, un pequeño sentimiento materializado, un miedo más que escapó.
                Ya calmada, entramos al local. Luces tenues, neón azul, y la barra con un ligero color… ¿Color? ¿Qué color? Allí estaba él, apoyado bebiendo; desde lejos parecía una cerveza. Me quedé embobada mirándole. En los días previos soñé muchas veces con tocar su moreno pelo tintado con sus primeras canas.
                Pese a estar mirando hacia el piano del fondo, era como si nos hubiese notado entrar, ya que lentamente se dio la vuelta y nuestras miradas se vieron envueltas de nuevo en el hechizo oculto de sus ojos.
                ¡Joder! Fue lo único que me vino a la cabeza cuando la vi entrar por la puerta. A su lado venía Eugenia y no recuerdo quien más, ya que sólo existía ella. Había experimentado un cambio brutal. A mejor, por supuesto, ¡a mucho mejor!
                Lo primero que me llamó la atención fue el hechizante movimiento de su escote blanco a cada paso inseguro que daba. Lo sé, conmigo siempre funcionó aquello de "dos tetas…", pero es que su pecho demandaba ser expuesto en un museo. Nunca he sabido distinguir el verdadero efecto del sujetador hasta que los quitaba, pero estaba convencido de que aquella firmeza era natural. Su pantalón ajustado modelando curvas parabólicamente eróticas, su Óscar al mejor maquillaje y el premio Nobel de química que consiguió con su sola presencia me volvieron rematadamente loco por ella. Y es que sólo podía tratarse de química esa especie de embrujo que unió sus ojos con los míos en la distancia.
                —Hola —saludé—. Estás… —hice una mueca—. Estáis espectaculares —corregí.
                Nos dirigimos hacia la barra. Creo que había suelo, pero yo caminaba entre algodones. De haberme caído en ese momento, estoy segura de que hubiese volado.
                Se mostró muy amable con nosotras, envolviéndonos en halagos, a lo cual, no supe cómo responder y algo dentro de mí me empujó a darle dos besos en la mejilla. El contacto fue inesperado por ambas partes. ¡¡¡Qué olor!!! ¿Qué perfume usaba? Era delicioso. Me separé rápidamente de él al darme cuenta de lo que había sucedido. La sorpresa debió notarse en mi rostro, porque el suyo fue todo un poema.
                En ese momento comenzaron a llegar los amigos a la fiesta y nos sumimos en presentaciones, besos y risas. Aunque rodeados de gente se las arregló para acercase tímidamente y ofrecerme una copa de vino blanco, a la cual no pude negarme. Tener algo en las manos mantendría mi calma a raya o por lo menos el temblor que manifestaban.
                —Estás sorprendentemente bonita esta noche —me atreví a murmurarle aún algo cortado y no pude evitar que mis ojos cabalgasen desbocados en sentido descendente.
                Sus ojos se atrevieron a abandonar los míos en busca de mis pechos. De manera involuntaria, mi mano libre ocultó lo que la camisa dejaba entrever. Ese gesto produjo una situación incómoda que se solucionó tan rápido como su mirada volvió a mis ojos temerosos.
                —Voy al servicio —dije como mejor manera de escabullirme—. Ahora vuelvo. —Me sentí como un cerdo al ser sorprendido mirándole las tetas. Qué torpe y primitivo estuve, ¡joder!
                ¡¡Menos mal!! Fue cuanto pensé. Qué oportuno irse al baño en este preciso momento. Aunque intenté por todos los medios disimular mi incomodidad, necesitaba un momento de soledad. Recordé el piano y sin pensar si estaba permitido o no, me dirigí hacia él y comencé a tocar "Hijo de la Luna". Es una canción que siempre me ha dado mucha paz y me recuerda a mi pequeño, aquel que nunca pudo disfrutar de la belleza de una luna llena y soñar con alcanzarla con la mano o poder pegar un "bocao" a ese queso tan redondito… Y así me dejé perder en mis pensamientos, sucumbí al encanto de la música, de las suaves teclas bajo mis dedos. Cerré los ojos y soñé.
                Del sueño a la pesadilla. Salí del cuarto de baño y no la vi por ningún sitio. Recorrí el local con la mirada viendo caras conocidas y desconocidas, pero ninguna se asemejaba a la de mi diosa. No me podía creer que la estupidez de mirarle los pechos hubiese motivado su huída. Quería morirme… pero resucité al verla sentada frente al piano interpretando una canción que hacía siglos que no oía. Siempre me encantó Mecano e Hijo de la luna era un tema especial.
                Me acerqué hasta ella y como si la iluminación del local se hubiese puesto de acuerdo con ella y con la pieza musical, un foco blanquecino apuntaba hacia su cara sin llegar a deslumbrarla. Me deslumbró a mí, al ver en su rostro la belleza de una luna llena y radiante. Aunque de existir algún satélite en el pub, ese era yo, rodeando el piano hasta sentarme junto a ella. Esa mujer se había convertido ya en el centro de mi universo y todo giraba en torno a ella.
                Estaba tan enfrascada en la interpretación del tema y tan sumida en mis deliciosos sueños, que apenas noté cuando alguien se sentó junto a mí. No me hizo falta abrir los ojos para saber que era él, su olor ya grabado en mi mente se apoderó de mis sentidos.
                Seguí tocando sin querer pensar en quien estaba sentado junto a mí. Me gustaba esa calma, la que me producía el estar sumergida en la música. Poco a poco fui culminando la pieza; quería alargarla, pero hay cosas que por mucho que queramos deben llegar a su fin. Mis manos se detuvieron, pero continué un poco más a oscuras. Abrí los ojos temerosa y a la vez impaciente de encontrarme ante mi cautivador de mirada serena… y sí… allí estaba él con sus ojos clavados en mis manos ya inertes.
                Me salió de muy adentro y no pude reprimir un aplauso sincero y espontáneo.
                —Eres una caja de sorpresas. ¿Dónde aprendiste a tocar el piano?
                —En mi casa siempre existió un piano. Un día decidí que quería sacarle partido y un profesor venía dos veces por semana a casa a darme clases.
                —No eres muy habladora, ¿no? —le pregunté precisamente intentando que se extendiese.
                Si tú supieras, no preguntarías…
                —No, la verdad es que no suelo hablar mucho. No tengo costumbre de salir con amigos.
                —Pues tienes unos labios preciosos para no darle mucho uso —solté a modo de piropo y acto seguido me arrepentí al comprobar lo mal que sonaba después de mi anterior revisión pectoral.
                Mierda, mierda, mierda. ¿Por qué he dicho eso?
                ¡¿Pero este es bobo o qué le pasa?!
                —¿Perdona? —Sólo pude reírme de forma tímida para no hacer notar otra vez mi nerviosismo.
                —¿Te apetece tomar algo fuera? —pregunté para cambiar de tema y conseguir algo de privacidad. Eugenia no nos quitaba ojo y me sentía un poco incómodo.
                —Está bien, vayamos fuera, pero sólo un ratito. No quiero ofender a los amigos de Eugenia.
                Dios mío, ayúdame. No permitas que el miedo se apodere de mí.
               
                —Está la noche muy buena para la fecha en que estamos —comencé de forma recurrente la conversación, dejados de caer en la baranda del barco, aunque ella se limitó a observar la luna llena—. Cuando era pequeño —recordé con nostalgia—, mi tía dijo en mi casa que iba a llevar a mi primo al Disney de California. Aluciné en colores con la suerte que tuvo Pablete. Me moría de ganas por pedirle a mi madre que me pagase el viaje, pero por miedo a que me soltase una barbaridad, jamás se lo dije. Al cabo de los años, ya adolescente, se lo conté a mi madre y ¿sabes qué me respondió?
                —"Hiciste bien en no preguntar, me facilitaste el trabajo para no romper tus ilusiones". ¿A que te contestó eso?
                —Me respondió que me lo hubiese pagado sin dudarlo. Tenía dinero por entonces, pero como no se lo pregunté, dio por hecho que me daría miedo viajar sin mis padres —confesó el niño triste que aún llevaba dentro de mí—. Muchos años después, mi único temor es no volver a cometer el mismo error de que el miedo frustre mis sueños. Y ahora, ¿me vas a contar qué te atemoriza? Puedo sentir tu miedo. Ábrete a mí y quizás puedas disfrutar de una vez de una vida plena.
                —¡¡No tienes ni idea de mi vida, así que mejor no preguntes cosas de las cuales no quieras saber la respuesta!!
                —¿Sabes? A veces es mejor vivir atrapada en los sueños, que despertar a la realidad —admití temblándome la voz y sintiendo un pequeño escalofrío.
                —Discúlpame si he dicho algo que pueda haberte molestado. Es cierto, no sé nada de tu vida, aunque me gustaría saberlo todo. Como también es cierto que a veces es mejor vivir atrapado en un sueño —añadí a la vez que me acercaba más a ella—. Pero de una cosa no me cabe duda y es que la realidad, tu realidad, nuestra realidad, la convertimos en sueño nosotros y tú eres el sueño más bonito que he tenido en mi vida. Pero estás delante de mí. Me pellizco y no estoy soñando. Eres real, eres todo lo que siempre soñé y ahora que te tengo delante, no voy a dejar que el niño que llevo dentro se vuelva a arrepentir.
                Y acaricié sus labios con los míos.
                ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué se acercaba tanto? Empecé a temblar al escuchar sus palabras, unas palabras que parecían sinceras, tales como las que ese desgraciado me dijo una vez. Mi psicóloga insistió mucho en que no todos los hombres eran así, en que les diera una oportunidad, que me abriese, que dejara salir todo el amor que existe en mi, que merezco ser feliz…
                Y con esas palabras en mi mente, dejé que se acercase a mí, tan lento que podía notar su calor a cada centímetro que se iba acercando. Era un ecuación sencilla; cuanto más se acercaba él, más deprisa latía mi enfermo corazón… hasta que por fin sus labios se encontraron con los míos. En un principio fue el beso más tierno del mundo; sentí su aliento en mí, mi cuerpo reconoció esa sensación tan olvidada. Pero todo cambió… imágenes horribles vinieron a mi mente, el beso que anuncia una paliza, el temor… y mi mano salió disparada hacia su cara, propinándole un tremendo bofetón.
                Eché a correr… una vez más.
                Con la cara echando humo por el tortazo que me llevé, me adentré de nuevo en el local, aunque esta vez no la buscaba a ella.
                —Eugenia, debo marcharme… quiero marcharme —le anuncié—. Ha sido un error haber venido. —En realidad no me arrepentía de haber ido porque me prometí que no volvería a acobardarme ante nada, pero tenía que darle una explicación antes de marcharme. Ella me miró, pero no preguntó nada.
                ¡Qué lista es esa mujer!
                Entendió que algo había sucedido entre Yoli y yo y se limitó a estamparme dos besotes de oso de los suyos antes de despedirse.
                —Yo hablaré con ella. No le guardes rencor. Ha sufrido mucho —me dijo y acto seguido me marché sin mirar atrás. Solo y triste, pero con el sabor del carmín aún en mis labios y las sensaciones vividas en el pensamiento se hizo más llevadero mi camino de vuelta a casa.
                Hice un gesto a Eugenia, haciéndole ver que la llamaría al día siguiente, y comencé mi huida, pero ¿hacia dónde escapaba? La pregunta era otra… ¿de qué huía? ¿De mi pasado, de mi presente o de mi futuro?
                Llegué a casa empapada, y no tanto por la fina lluvia que comenzó a caer en mitad del camino, sino por las lágrimas que no dejaban de recorrer mi cara. Después de varias semanas sin hacerlo, me permití llorar toda la noche, aunque esta vez algo era distinto. No lloraba de miedo, mi llanto se debía a la rabia que sentía de no poder permanecer por toda la eternidad en ese beso. Lloraba porque me gustaba la sensación que me producía estar junto a él, lloraba porque nunca sería capaz de volver a estar con un hombre, lloraba porque aunque lejos de mí ya, se estaba cumpliendo la promesa con que me maldijo, "si no eres mía no volverás a ser de nadie".
                El cansancio me venció y me sumí en un profundo e inquieto sueño.
                Llegué a casa y las paredes me oprimían. ¿O era otra cosa lo que no me dejaba respirar? No lo sabía en ese momento, aunque hoy lo entiendo en la lejanía. Pese a hacer muy poco que la conocía, ya estaba instalada en lo más profundo de mi corazón. Pero la veía muy lejos después de la bofetada, a varios universos de distancia, más allá de la nada.
                No soy muy dado a mostrar mis sentimientos, por lo que una vez solo, en casa y con aquella extraña sensación oprimiendo, era cuestión de tiempo que algo saliese de mi interior. Como si de las primeras gotas otoñales se tratase, dos finos hilos de humedad se precipitaron por mis mejillas para emborronar la visión que de Yoli se instaló en mis retinas.
                Logré desperezarme del pesado sueño y la vi. Allí sentada a mi lado, velando mi agitado sueño. Me incorporé y ya tenía su abrazo rodeando mi pequeño cuerpo, desecho por el dolor en ese momento. La conté mis temores; a ciencia cierta sabía que ella no necesitaba explicaciones, pero me escuchó con atención. Una vez acabado mi monólogo me agarró la cara con ambas manos y me habló.
                —Yoli, él es diferente, nunca te haría daño. Si alguien puede comprenderte, es precisamente Roberto. Escucha bien lo que te voy a decir… él fue testigo de la muerte de su madre a manos de su padre.
                —¡¿Cómo?! Por favor Eugenia, ¿cómo no me has dicho esto antes? Eso lo complica todo aún más… seguirá el mismo patrón que su padre… acabará por hacerlo conmigo también —respondí casi histérica.
                —Hay más… hace dos años salió de una tormentosa relación y adivina… su mujer podría haber sido la mujer más feliz del mundo, porque con sus cuidados no necesitaría nada más, pero ¿cómo agradeció ella su cariño y su dedicación? Pues siéndole infiel y pisoteando su autoestima. Debo irme, Yoli, pero aquí te dejo su teléfono. Deberías llamarlo.
                Después de muchas vueltas a la cabeza, cerré los ojos, tomé el teléfono y …
                —Hola ¿Roberto? Soy Yoli…

                ¿Cómo arreglar dos años de dejadez en un cuarto de hora?
                Es la pregunta que me hice mientras recogía la casa con el fin de dejarla algo presentable para cuando ella llegase. Aún ni me lo podía creer y trataba de recordar cada una de las palabras que me dijo cuando me apareció ese número desconocido en la pantalla del móvil.
                Siento haber sido tan borde, se disculpó para luego preguntarme dónde me encontraba. Cuando le informé de que estaba en mi casa, que yo iría a buscarla para esa charla que demandaba y me respondió que ella vendría a mí, comencé a correr como un loco. Nunca creí que se pudiesen meter tantas cosas y tan distintas en el armario…
                Ahora estaba a punto de llegar para ofrecerme esas explicaciones que me prometió, pero ni en el mejor de mis sueños hubiese imaginado que las explicaciones se limitarían a un simple "lo siento". Después de eso… buffff, aún tengo muy fresca en la memoria aquella primera vez.
                Colgué el teléfono, me di una ducha rápida, ropa limpia y me dirigí a buscar mi propia felicidad. Después de dar muchas vueltas a la cabeza comprendí que ya era hora de vivir, de ser valiente, de dar un paso más, que yo en mi mano tenía la llave, la llave de la felicidad plena.
                Veinte minutos después, veinte largos minutos que tardó el taxista en encontrar MI hogar (en todas las profesiones hay torpes y a mí me tocó el iluminado, que pensaba yo, y este hombre ¿qué se cree que es un GPS?, ¿la nave del misterio?)
                Nerviosa y excitada llamé a mi destino, la puerta del paraíso se abrió y ante mi apareció el dios pagano más sexy de la historia.
                —Lo siento. —Y no pude emitir ni una palabra más. Me abalancé a sus brazos demandando un beso urgente, mendigando un pedazo de cielo, rogando calmar mi ansia de amor. El tímido beso que pretendía ser en un principio se convirtió en algo apasionado. Nuestros labios se abrieron y dieron paso al baile erótico que protagonizaron nuestras lenguas, nuestras manos ávidas de deseo paseaban por nuestros cuerpos, buscaban reconocerse cuanto antes para poder dar paso a… uhmmm cómo lo recuerdooooo.
                La palabra sorpresa se quedaría corta para definir lo que sentí cuando entró por la puerta como un caballo desbocado. Tras disculparse con un simple "lo siento", se abalanzó sobre mí y se hizo dueña de mi boca, de mi cuerpo y hasta de mi misma vida, aunque ya era suyo desde mucho antes.
                Sus besos y caricias llegaron a mí como agua de mayo tras años de sequía. La recibí con el mismo frenesí, le mordisqueé los seductores labios, me apoderé de su culo y la apreté bien fuerte contra mí, mostrándole a las claras mis intenciones con una protuberancia que comenzaba a ganar en volumen. Pero mi lado más romántico del cerebro se hizo dueño de la situación para derrocar momentáneamente a mi Yo más primitivo.
                Me separé de ella dándole un cariñoso beso en la punta de la nariz y sin retirar los brazos que rodeaban si cintura, miré a los ojos más vivos que recuerdo antes de dirigirme a ella.
                —Perdonada. No me interesa nada de tu pasado, así que comencemos de nuevo.
                La cogí de la mano y la conduje hasta un modesto mueble-bar del que extraje una botella de vino blanco que habría ganado solera esperando su momento. Tomé dos copas ante su atenta mirada y después de llenarlas hasta la mitad, le ofrecí una.
                —Brindemos por nosotros, por un inicio mejor que el que tuvimos, por lo que me interesa de ti, por tu presente y tu futuro. Bridemos por nuestro futuro, Yoli.
                Cogí entre mis manos la copa que me ofrecía. Después de arder en sus labios, un poco de vino tuvo un efecto calmante. No quería explicaciones y la verdad que yo en ese momento tampoco tenía ganas de dárselas. Ya habría tiempo más adelante para hablar, ahora era tiempo de actuar.
                No pude evitar ver que tenía una pequeña chimenea encendida. Me quedé embobada mirando los suaves movimientos de las llamas, eran sensuales, lentos. Este hecho no debió pasar desapercibido a Roberto, porque tomó mi mano y nos dirigimos hacia el fuego. Con las copas aún en la mano nos sentamos en el suelo, sobre una mullida alfombra. Nuestras miradas estaban perdidas en las llamas, cada uno estábamos pensando en cuál sería nuestro siguiente paso. O eso creí yo. Su mano inquieta empezó a acariciar la mía, atrayendo mi atención hacia él. Sonreí con fingida timidez. Nuestros ojos sucumbieron una vez más al hechizo lanzado aquella mañana en la cafetería, cuando apareció mojado ante mí.
                Por fin me atreví a enredar mis dedos entre su pelo. Era mucho mejor de como lo había imaginado; suave, abundante… continué con el ligero masaje, descendí hacia su cara y con mi dedo pulgar le acaricié suavemente los labios. Un tierno beso en mi dedo hizo que la falsa quietud se esfumara y nuestras bocas se volvieron a encontrar. Mis manos demandaban más, pero no querían barreras, por lo que dejé mi copa encima de la mesita e hice lo propio con la suya, arrebatándosela de las manos y dejándola junto a la mía. Los botones de su camisa no iban a ser un impedimento para poder acariciar su piel, así que me dispuse a desabrocharlos lentamente mientras me mordía de manera traviesa el labio inferior.
                Muy lentamente fui quitando los botones de su camisa rosa. ¡Dios! Cómo me ha encantado siempre el contraste que hace una camisa así con un vaquero azul. Le robé mis labios por unos momentos. Necesitaba mirarla a los ojos mientras la desabrochaba.
                —Tienes una mirada preciosa —le dije sintiendo arder mi pecho al ver por el rabillo del ojo el no menos provocador contraste que conseguía el sujetador negro con su camisa.
                —Gracias —respondí ruborizándome. Todavía no asimilaba bien los piropos—. Pero todo el mérito es tuyo —añadí—, esa mirada sólo la provocas tú.
                Con la parte superior descubierta paseé la mirada con avaricia por su torso, no era el típico cachas, no era un cuerpo esculpido en el gimnasio, pero se notaba que se cuidaba y mis ojos se escaparon unos centímetros más abajo. Estaba impaciente por descubrir lo que su pantalón intentaba esconder, pero que ya no lograba.
                —¿Un poquito más de vino? —le ofrecí humedeciendo mi dedo en la copa.
                —¡Por favor! —respondí llevándome su dedo a la boca. Después de saborear el vino mezclado con el sudor del nerviosismo que desprendía su dedo, comencé a mordisquearlo sin dejar de mirar su rostro embellecido por el vaivén naranja de las llamas. Era muy erótico ese jueguecito, aunque era imposible aguantar tanto tiempo con aquella belleza delante de mí.
                Le puse una mano en la sien y la atraje hacia mí, aunque ni falta que hacía, ya que sus labios buscaron los míos con la misma necesidad, con el mismo deseo. Una vez me hice dueño del interior de su boca, mis manos fueron directas al botón del vaquero y de forma acelerada se lo quité, no sin poco esfuerzo entre tanto entusiasmo compartido.
                Uhmmmm. Cómo se sentían aquellos mordisquitos en el dedo. Para mí que tenían conexión directa con otra parte de mi cuerpo, esa cuyos dedos intentaban buscar al desabrocharme el pantalón. Mis manos intentaron imitar a las suyas, pero no sé si por falta de costumbre o por nerviosismo, no conseguían su objetivo.
                Con una mano agarró las mías y con la otra, llevada por un suave movimiento, desató lo que yo no logré. Lo que se dejaba entrever prometía y mucho. Se levantó dejándome abandonada en el suelo. Lo que fueron dos segundos, para mí supuso una eternidad. Mi cuerpo echaba de menos su calor; se quitó su pantalón, se dejó caer de rodillas ante mí, con suavidad procedió a deshacerse de los míos y, junto con ellos, mis braguitas siguieron el mismo camino.
                Ambos desnudos frente a frente. O casi, ya que mi slip era la única barrera que nos separaba en cuerpo, pues en alma ya estábamos unidos desde que nos conocimos. De rodillas y abrazados, su mano fue hasta mi cintura e introduciendo su dedo pulgar bajo la tela, comenzó a bajarme la única prenda que cubría mi masculinidad. Mientras, mi lengua no dejaba de recorrer el contorno de su cuello, como estudiando hasta la última y sensual curvatura para grabarla e instalarla de por vida en la memoria.
                Sentía su urgencia. Sus temores habían desaparecido para dar paso a la más primitiva de las pasiones, con lo que se ayudó de su otra mano para dejar los slips a la altura de mis rodillas posadas en la mullida alfombra.
                Odiaba aquel momento de abandonar su sabor, pero si no me levantaba era complicado liberarme de la tela. Cuando lo hice, la sorprendí observando lo que, sin pensarlo, quedó a la altura de su lasciva mirada.
                Lo sabía, sabía que lo que el pantalón ocultaba era digno de admiración, lo tenía tan cerca que tuve que reprimir el impulso de meterlo en mi boca. Alcé la mirada hasta conectar con sus ojos, unos ojos que imploraban que lo hiciese. Con lentitud intencionada fui acercándome a su miembro y lo cobijé con una suavidad extrema en mi inexperta boca. Oí cómo gemía, lo que me hizo suponer que no lo estaba haciendo del todo mal. Mi mano se unió al juego y junto con mi lengua hacían un equipo de excepción. Creo que sentí como se estremecía y en ese momento agarró mi cabeza con ambas manos, me dio un beso y nos recostamos uno frente al otro.
                No podía dejar de jugar con su lengua. La entrelazaba con la mía, recorría su contorno de un lado a otro y vuelta a empezar. Mientras, mis manos se apoderaron de lo que me llamó poderosamente la atención desde que la vi. Redondos, voluminosos, ¡perfectos!
                Sentía sus uñas desatadas contra mi culo, demandando mi presencia en su interior, pero no le di ese placer… aún. Al menos, no como ambos deseábamos. En su lugar desplacé una de mis manos desde su seno hasta la entrepierna.
                Bufff, sí que estaba excitada. Toda la zona humedecida me indicó que llevaba el mismo tiempo o más que yo sin sexo. Índice y corazón juguetearon con su hinchado clítoris y sus gemidos ahogados vibraron en mis labios.
                Estábamos los dos excitadísimos. Se notaba que ambos buscábamos lo mismo, la pasión había ido tan lejos que nuestra unión ya no podía hacerse esperar más. Los besos se quedaban cortos, las caricias avariciosas reclamaban más, su erección era asombrosa.
                Eso tiene que doler, pensé. Mi humedad exagerada le invitaba a calmar su presión introduciendo su miembro en mí para culminar nuestra unión, la que haría que formásemos un solo ser, un único cuerpo.
                Haciendo gala de una elasticidad increíble, alargó su mano hacia su pantalón sin separar ni un centímetro nuestros cuerpos y sacó un preservativo del bolsillo trasero. Este hombre, ¿era muy previsor o sabía lo que iba a suceder tras mi llamada?
                Demostró una habilidad nula en el arte de poner preservativos, así que acerqué mis manos a su duro miembro, en ese momento rodeado por las suyas, y se las retiré. No fue lo único que se despidió de su pene, pues en un acto que, en ese momento creí muy hermoso y el tiempo me ha confirmado que así fue, cogí el arrugado condón y lo tiré al suelo. Sus ojos no podían creer lo que estaba a punto de suceder; nuestra unión fue sin barreras. Con un movimiento, casi estudiado, me rodeó con los brazos y su cuerpo se posicionó sobre el mío. En ese momento me penetró muy despacio, como si desconfiara de mi reacción, como si tuviese miedo de dañar un poco más mi, hasta entonces, débil confianza.
                Creí tocar el cielo del placer cuando me adentré en Yoli. Era tal su calidez y tan receptivos a mi intrusión los pliegues inundados con su flujo, que apenas si noté cuando toqué fondo. Pese a mi cuidadosa intromisión en su ser, por un momento creí haberla dañado. Pero no, fue una simple y erótica convulsión provocada por el placer que también se apoderó de ella. Precisamente ella fue quien demandó más de mí encorvando su espalda y pidiendo más ritmo, más intensidad, más pasión, más...
                —Mássss, quiero mássss, dame mássss —le supliqué entre gemidos.
                Y más le di yo. Comencé a intensificar las embestidas y a cada una de ellas, mayor era su presión contra mi polla. Yo empujaba, ella recibía empujando también, yo jadeaba, ella se deshacía en gemidos, yo avisaba gimiendo también, ella clavaba sus dedos en mi espalda sudorosa… Ambos nos abandonábamos al disfrute pleno de la carne con un orgasmo compartido inolvidable, grabado a fuego pasional en la memoria.
                Fue el orgasmo de la victoria, un orgasmo en que mis miedos se fueron entre gemidos, escaparon de mí de la forma más bonita, de la unión, del amor. Nos mantuvimos juntos lo que podría haber parecido una eternidad, pero me sentía tan protegida y tan a gusto entre sus brazos, que el tiempo transcurría demasiado deprisa para mis necesidades afectivas. No tuve más remedio que poner fin a ese momento. ¡¡¡Benditas necesidades fisiológicas!!! Qué oportunas, aunque argumenté algo distinto.
                —Roberto —susurré— ¿Me prestas una camiseta y un calzoncillo? Me gustaría ducharme y no he traído nada para ponerme.
                —Por supuesto —le respondí entre risas. El baño está en la segunda puerta del pasillo.
                Y mientras él se dirigía a por mi improvisada ropa, yo corrí al baño. Me deshice del líquido sobrante cuanto antes, no quería ser sorprendida. Encendí la ducha y a continuación me metí dentro. Estaba empezando a notar cómo mis músculos entraban en calor. No podría describir la sensación de paz que tenía en ese momento, cuando noté como la mampara de la ducha se abría y un cuerpo ya reconocido por mí, adaptado al mío, se dispuso a compartir el bautismo de nuestro amor.
                —La muy granuja me sintió llegar, lo sé, aunque se hizo la tonta aprovechando que me daba la espalda cuando entré en la ducha. Le acaricié los brazos con mis dedos y su piel se erizó de inmediato, a la vez que casi pude sentir también el escalofrío que recorrió su cuerpo. Un cuerpo deseable salpicado de un millón de finas gotas de agua.
                Las manos se apoderaron de sus brazos entre suaves masajes y de ahí pasé a sus pechos, mis pechos, porque ya eran míos por derecho propio. Mientras le daba besos sensuales y sentidos en sus hombros, ella se giró e hizo lo propio sobre mi pecho. Fue subiendo hasta que tomó mis labios en una prolongada muestra de amor.
                ¡Cuánto deseaba amar y ser amada!
                Al preguntarme por qué comencé tan delicado nuestra primera relación, pese a esconder un volcán en mi interior, le respondí que en sus ojos encontré la respuesta.
                —En tu mirada vi el mismo temor que años antes en mi madre y entonces comprendí lo que te había pasado. Me sentí en la obligación de tratarte con mucho tacto y sensibilidad.
                Bajo la lluvia caliente mantuvimos una leve conversación, entre besos y caricias. Pude contarle algunos de mis temores, pero ¿¿qué tendrían hasta entonces mis ojos que, con sólo mirarlos, descubrió mi lucha interior??
                Las caricias nos llevaron a sentir imperiosa necesidad de poseernos de nuevo. Volvimos a besarnos con autentica necesidad. Teníamos tantos demonios que matar, que creo que sin saberlo escogimos la manera más divertida de acabar con todos; los mataríamos a polvos. Enredados entre abrazos, no creo que si alguien hubiese visto la escena desde fuera pudiese distinguir a quien pertenecía cada mano, cada pierna, cada suspiro.
                Apoyó mi espalda contra la pared de la ducha y se apoderó de mis pechos con su cálida boca mientras repartía caricias por el resto de mi cuerpo. Yo quería entrar en acción, ser reciproca a sus abundantes muestras de amor, pero no me dejaba. Algo en su manera de actuar me decía que yo sólo podía dejarme hacer, esta vez era para mí. Su mano se volvió a encontrar cara a cara con mi húmedo y abultado clítoris. Masajeándolo con una delicadeza absoluta, empecé a sentir los primeros espasmos de un segundo orgasmo.
                Pero decidió alargar el momento deteniéndose, volviendo a devorar mis labios. Mis manos apretaban su bien formado trasero queriendo más, queriéndolo todo. Él no se iba a negar a dármelo, lo veía en su cara, en su manera de mirarme, en su forma de tocarme. Cogió un chorro del gel en su mano, hizo una buena capa de espuma en sus manos y comenzó a esparcir la cremosa mezcla por todo mi cuerpo con elegancia, con sumo esmero. Una vez que mis pies fueron testigos de su afán, comenzó el viaje de vuelta hacia el cielo y volvió a detenerse en la mitad de mi cuerpo, comenzando el suave masaje en mi clítoris.
                Su miembro alzado reclamaba mis atenciones y cuando iba a darle lo que buscaba me detuvo con un beso abrasador. Entonces fue cuando me penetró, esta vez sin tanto cuidado. Fue una envestida rápida, urgente, sin dejar de presionar el centro de placer. Continuó penetrándome con fuerza, ¿minutos, horas? El tiempo se detuvo mientras seguíamos besándonos, literalmente comiéndonos. Agarrándome el culo y ayudado de la pared me cogió en volandas.
                —Agárrame fuerte con las piernas —le ordené.
                De esta manera tan posesiva, su polla me llenó totalmente y empecé a notar en mi interior los primeros estallidos de placer que me quemaban. Mis gemidos me delataban y los suyos no tardaron en unirse y llegamos a un segundo orgasmo, compartido, autentico. Por mis mejillas cayeron dos pequeñas lágrimas de felicidad camufladas por las gotas de la ducha. Y hubiese jurado que sus ojos también lloraron con los míos, pero la certeza llegó unas horas más tarde.
                Fue espectacular, único, mágico. Después de esos vinieron muchos más, pero esa primera noche fue inolvidable, es inolvidable. Como inolvidable fue presenciar su primer despertar. Pasé casi una hora observándola embelesado, atontado, enamorado.
                El calor de la chimenea se apoderó de toda la casa durante la noche y fue lo que me impulsó a deleitarme con la espectacular visión de su cuerpo en todo su esplendor. Fui retirando la sábana muy lento, sin dar la más mínima opción de que se despertase. Pero esa mujer era puro sentimiento hasta dormida. Su piel volvió a erizarse como en la noche anterior, sintiendo hasta el último roce de la tela con su piel.
                Pero lo conseguí. Pude verla desnuda e indefensa ante mis ojos enrojecidos, maravillados, extasiados. Y una estúpida lágrima recorrió mi mejilla con mucha calma a la vez que resople acongojado. Ella abrió los ojos de inmediato y me miró sorprendida, alarmada.
                —¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? —le pregunté nerviosa.
                —Me pasa que soy muy feliz —le respondí y ella arqueó las cejas sin entenderme—. Soy muy feliz de haberte conocido, soy un privilegiado por tener la suerte de presenciar tu despertar, de observar en tu rostro mi presente y mi futuro. —Y me abracé a ella sin pensarlo.
                Me deshice de su abrazo, tenía que mirarle a la cara y con toda la ternura que fui capaz recogí sus lágrimas con mis labios. Y seguí regándole de besos, por su cuello, su pecho y de nuevo subí a su cara, necesitaba su boca, besarle me daba la misma tranquilidad que años atrás me proporcionaban los ansiolíticos, pero esto era natural, sin artificio y lo más importante eran míos, sólo míos…
                Nuestros cuerpos decidieron unirse una vez más, no teníamos prisa, se introdujo en mí sólo por el placer de estar unidos, de tener una conexión extraterrenal, mientras nuestras bocas seguían entrelazadas. Sólo se separaban para poder mirarnos a los ojos.
                ¡Cuántas palabras no dichas transmitían nuestras miradas!
                Descubrimos toda una vida en una mirada y desde entonces juramos protegernos. No recuerdo que el orgasmo fuera el mejor que he tenido en mi vida, porque después de ese vinieron muchos, muchos más, pero hoy por hoy puedo decir que esa mañana en aquella habitación los sentimientos que allí se demostraron fueron los más sinceros, bonitos, románticos que en una vida puedan caber.

                Aún lo tengo todo muy fresco. Ha sido siempre tan intenso, tan romántico, tan hermoso. Esta mujer me ha dado horas y horas de satisfacción, días y días de felicidad. Creo haberla correspondido; de hecho, estoy plenamente convencido. He sido un buen marido, un buen amante, un buen padre…
                Yolandita es su vivo retrato. Estoy convencido de que encontrará un hombre que la amará tanto como yo he amado a su madre. Robertito, en cambio, es clavadito a mí. El muy cabrón tiene siempre su habitación igual de desordenada que yo tuve nuestro hogar cuando su madre entró por la puerta por primera vez. Precisamente para concebirlo a él, a mi primogénito, al que supuso el fruto de las veinticuatro horas más maravillosas de mi vida.
                Pero todo eso ya quedó atrás. Sigue vivo en mi cabeza, sigue vivo en mi corazón, sigue vivo en mí. O en lo que queda de mí. Soy un baúl de recuerdos, los más hermosos que puedan guardarse en lo más profundo, pero ¿qué sería de nuestra vida sin los recuerdos más hermosos? ¿Presente? ¿Futuro? El presente y el futuro forman parte alguna vez de tu pasado y mi pasado es el mejor que mi amada esposa pudo haberme regalado aquel día que entró en la cafetería.
                Ahí la tengo delante, tan hermosa como aquel bendito día. ¡Joder! No puedo aguantar más. Tantos recuerdos, tantas vivencias… Necesito llorar. Poco más puedo hacer ya por ella.
                Te amo.
                —Hola, mi amor. ¿Y esas lágrimas? Una vez más se las recogí con mis labios como la primera vez, hace ya cincuenta y un años.
                —¿Sabes qué día es hoy? Nos miramos y por cómo me mira sé que lo sabe. Agradezco a Dios que desde el primer día que nos conocimos nos hayamos podido comunicar con la mirada.
                ¡Mi gran esposo!
                Hoy sólo puede mirarme y decirme con ello todo lo que le sucede. Aquella tarde, hace unos dos años, cuando volví a casa después de mi clase de yoga lo encontré en el suelo de la cocina. Sus ojos estaban cerrados, no respondía… pero respiraba…
                «Señor, por favor no te lo lleves. Aún no. Déjalo conmigo, a ti no te hace falta, a mí sí. Si te lo llevas… moriré en vida… otra vez», rezaba mientras llegaba la ambulancia. Y Dios lo dejó conmigo. Aunque sin movilidad y con casi todas las facultades perdidas, me lo devolvió y me lo devolvió con lo único que nos hacía falta, con sus ojos negros, profundos, elocuentes.
                —Nuestro cincuenta aniversario, ¿recuerdas, amor? Nuestra boda con todos nuestros amigos y nuestro hijo en brazos de su madrina Eugenia; mis lágrimas se unen a las suyas.
                –Qué felicidad me has dado, nadie como tú sabe por todo lo que aquel mal hombre me hizo pasar, mi aborto causado por una paliza, los moratones, las costillas rotas. ¿Y tú?, que no te has atrevido ni a rozarme con una pluma por no dañarme...
                —No puedo más, necesito besarte. Tus labios parecen inertes, pero yo sé que lo sientes y por eso ningún día de nuestra hermosa vida he dejado de besarte, amor. Sé que la muerte pronto nos llamará a los dos, por eso espero que permanezcamos juntos toda la eternidad, aunque de momento me conformo con que me tengas EN LA MEMORIA.
 

4 comentarios:

  1. No encuentro las palabras exactas para describir lo que he sentido al leerlo. Esta vez lo escribiran mis lagrimas

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  2. Menos mal que esto no es un papel. De lo contrario solo se verían dos borrones. Solo puedo decir que es preciosa.

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  3. Que bonito relato. Me ha encantado. Felicidades. SG

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