Porque soy mujer



Esta historia está dedicada con mucho cariño a mi querida Tropa.


                Parece que todo está mejor entre nosotros, pero es sólo un simple espejismo, una vana ilusión de lo que pudo ser y no fue. Han pasado ya 3 meses de aquel fatídico día, 3 meses de aquel momento en que ambos nos miramos y no hizo falta palabra alguna para confesar un nuevo futuro, una nueva realidad.

                90 días hace ya de mi segundo nacimiento. Una nueva Yo vino al mundo y si una cosa tengo clara es que soy mujer y con las mujeres no se juega, no son moneda de cambio ni motivo de entretenimiento. Hoy soy otra mujer, ni mejor ni peor. Simplemente, otra mujer.


                No voy a negar que he llorado mucho en silencio y aún sigo derramando muchas lágrimas de humillación, de desesperación por no poder cambiar un pasado que ha cambiado mi presente y mi futuro.

                Procuro que él no me vea, que siga ajeno a mi sufrimiento, que siga pensando que nada ha cambiado. Pero ha cambiado todo.

                3 meses hace ya. 90 días con sus 90 noches de ayuna sexual. A veces le oigo jadear cuando se encierra en el cuarto de baño para buscar lo que no encuentra en mí.

                Pero eso se acabó. Hoy es nuestro 5º aniversario y le voy a regalar una noche de sexo que no olvidará en su vida.


                —Hoy te noto más animada, cariño —me dice. Yo le respondo con la mejor de las sonrisas que puedo fingir y él me da un casto beso en la frente. Sigue sin animarse con mi boca porque desconoce cuál será mi reacción. No lo ha vuelto a intentar desde que hace poco más de un mes le volví la cara, le volví mi gesto de repulsión.

                Y es que me cuesta mucho fingir en algunos aspectos. Pero llevo ya un tiempo preparándome para este día, así que sin que lo espere en absoluto, le poso mis manos en sus sienes y le obligo a descender para que mis labios encuentren los suyos.

                3 meses hace ya, 90 días con sus más de 2000 horas sin besar sus labios. Hasta hoy, el día que he decidido para darle un vuelco a todo.

                —Feliz quinto aniversario, cariño —le felicito con no poca dificultad.

                —¡Joder, lo he olvidado por completo! —se queja muy molesto consigo mismo. La distancia que nos separa a pesar de estar el uno frente al otro está haciendo estragos—. No te he comprado nada —confiesa declarándose culpable sin mediar juicio alguno. Yo resto importancia al olvido y le vuelvo a besar, aunque en esta ocasión tomo el interior de su boca para que note que le he perdonado… este olvido.

                Con el rostro entre sorprendido y feliz porque haya concluido su castigo, me pregunta con la mirada arqueando sus cejas y yo me encojo ladeando la cabeza. Él entiende entonces que para estas situaciones no hay plazos establecidos y asume que ha llegado la completa normalidad a nuestra vida conyugal. O eso cree.

                He pasado toda la tarde de compras, buscando un conjuntito mono para la cena. Después de nuestro segundo primer beso insistió en invitarme a cenar como regalo para compensar su olvido. Yo acepté tras un par de negativas y luego me fui a la calle. Me he agenciado un vestido negro ceñido de una pieza y al probármelo me he visto unas curvas que no recordaba tener. Me veo bien, pero mejor me veré después de la cena, cuando me lo quite y luzca la provocativa ropa interior que encargué en la web de mi amiga Sandra. Me vi tremenda e irresistible y no paro de pensar en la cara que se le quedará al verme con y sin conjunto, con y sin ropa interior. Me anima pensar en ello y así pasa rápido el tiempo, hasta que un buen rato después golpea en la puerta del cuarto de baño para saber si he terminado de arreglarme.

                El putón que llevo dentro abre la puerta y los ojos que me desnudan lo dicen todo. Yo, escondida bajo el conjunto, bajo mi ropa interior y bajo la piel de mi Yo putona me descojono de la risa.

                —¿Te vas a quedar ahí toda la noche? —le pregunto a la vez que le ofrezco mi mano y me dejo llevar. Aunque en realidad soy yo quien tiro del imaginario collar con que acompaño a mi perrito faldero enchaquetado hasta la puerta del garaje.


                La cena me ha trasladado varios meses atrás, cuando entre nosotros no existía más que amor. Hemos bromeado e incluso me he puesto un poco tontorrona cuando me ha pedido que cierre los ojos y ha rodeado mi cuello con un colgante bañado en oro que ha debido costarle una pasta. Muchas horas extras en el nuevo trabajo para intentar olvidar, me dice para justificar semejante gasto. Me ha engañado otra vez, aunque esta artimaña es manifiestamente más placentera que… bueno, no quiero pensar en eso ahora. Ya habrá tiempo.

                Pese a que en principio me negué, entramos en un bar de copas y me hizo tomarme una. No sé si busca el camino hacia mi cama, aunque no le hacía falta porque yo le pondré la alfombra roja para que sepa llegar y no se pierda en el camino, como sucedió hace ahora 3 meses. Desde hoy ya no le hará falta buscar fuera de casa lo que no encuentra en ella porque yo pondré el mundo del sexo a sus pies.


            
    Llegamos a casa y apenas oigo cerrarse la puerta noto que sus manos rodean mi cintura. Siento su aliento detrás de mí, respiro su excitación, observo su pene erecto con mis ojos cerrados, me dejo llevar. Sus labios recorren buena parte de mi cuello mientras que con sus dedos masajea mi nuca. Sabe que eso me pone cachonda. Hoy busca orejas y rabo, por lo que va a lo seguro, a lo que siempre le ha funcionado. Pero hoy no es siempre, hoy es ahora y ahora manda la putona que llevo dentro.

                Ella gira mi cuerpo y hace que mi mano vaya a la entrepierna de Salva, amenazando con estrujarle los huevos y usarlos mañana para hacer una tortilla francesa. Pero supongo que del país vecino le atraerá más el género masculino, así que me agacho y me dispongo a presentarle a mi francés particular.

                Le bajo la bragueta del pantalón negro de pinza que viste y cuando retiro el slip verde que asoma no tengo que dar el siguiente paso, ya que su pene demanda atenciones y aparece juguetón, espontáneo y guerrero. Aunque me sonrío para mis adentros al pensar en que parece más un cantaor flamenco arrancando por Alegrías, con tantas venas bajo su cabeza.

                ¡Qué chistosa es esta tía!, pienso aún sonriente. Sin dejar de sorprenderme y con una rapidez que coge desprevenido a mi cuello, mi otra Yo tira de mi cabeza e introduce en mi boca al cantaor con guitarra y todo. En la primera embestida noto que me llega hasta casi la campanilla, pero una vez establecida la distancia de pegada, mis labios y mi lengua comienzan con su rítmico acoso y derribo. Oigo gemir a Salva mientras la otra Silvia le devora la polla con necesidad. Digo la otra Silvia porque no me reconozco con semejante intensidad y ardor. Si no fuese porque ella necesita mi cuerpo para llevar a cabo su Obra, me sentaba en el sofá para disfrutar de la erótica escenita.

                A cada momento son menos numerosos sus silencios, con lo que entiendo que está próximo al orgasmo. Ha llegado el momento entonces de pasar al segundo acto. Me saco su pene de la boca, me limpio con cuidado la saliva mezclada con el rojo carmín que da un aspecto salvaje a mi mentón y tras levantarme, me encamino con movimientos sugerentes de cadera hacia el dormitorio.

                Él me sigue de cerca, como no podía ser de otra forma. Su cara de "¿por qué me has dejado así?" me divierte casi tanto como el cantaor. Llegamos al dormitorio y cuando se dispone a echar sus redes sobre mí, le hago entender que ni él ni yo mandamos nada. O mejor dicho, se lo hace entender la otra Silvia, ya que interpone sus manos en el camino de las de Salva y habla en mi nombre.

                —¡No me toques! —exclama mi voz para hacerse con el control de Salva. Mis ojos y mis carnosos labios le tienen hoy embrujado. También influye que lleva 3 meses sin meter, por lo que hoy hará todo lo que yo le pida sin que deba insistirle—. Desnúdate y espérame sentado en la silla —le ordeno dominante. Él hace una mueca e intenta decir algo, pero le estoy dejando sin palabras.

                Cuando vuelvo unos minutos después, le encuentro acariciándose su sexo pensativo. No se masturba, sólo hace de forma inconsciente lo que todos los hombres en muchos momentos de su vida, tocarse los cojones.

                Me ve aparecer y se ilumina su rostro con el brillo que desprende mi Yo putona. Me acerco muy lenta y sugerente a él con las manos en mi espalda.

                —Tssss —reprimo el avance de sus manos cuando pongo un dedo en mi boca y le hago entender que hoy es un simple objeto sexual. Hago aparecer mi otra mano y se sorprende al ver lo que porto. Sin que llegue a entender qué es, hago presas sus manos y las ato a la silla con el cíngulo de seda negro que también compré esta tarde. Su respiración se acelera cuando hago lo propio con las piernas y me aseguro de privarle de todo movimiento. Con un tercer cinto más corto le amordazo para dejarle a mi absoluta merced.

                Es entonces cuando dejo caer el antifaz que llevó sobre la cama y me dispongo a quitarme la ropa. Me desprendo de los zapatos sin usar las manos y se los lanzó con el propio pie que desnudo. Él hace por reírse, pero no puede con la mordaza y desde mi posición le oigo jadear bajo la negra y suave tela. Levanto un poco mi vestido para quitar el liguero y compruebo divertida cómo su pene sufre pequeñas convulsiones. Me bajo las medias sin prisas y los ojos se le salen de las cuencas. ¡Y esto no ha hecho más que comenzar!

                La verdad es que yo también estoy bastante caliente ya. Nunca me he visto en semejante situación y verle ahí tan dispuesto y excitado observándome con ojos lujuriosos me está poniendo… No encuentro el adjetivo, pero vamos, ¡que me está poniendo!

                Mi traje de una pieza es la siguiente prenda, así que alzo mis brazos en cruz y tras coger ambos tirantes y juguetear con ellos, los retiro de mis hombros y dejo que acaricien mis brazos con suavidad. No ha salido como en el ensayo y el traje se ha atascado. Supongo que mis pezones puntiagudos habrán tenido algo que ver empujando bajo el sujetador, tan duros como su verga. En otro tiempo ya hubiésemos terminado, pero ahora ni hemos comenzado. Ambos seguimos excitadísimos, pero aún queda mucho bacalao por cortar.

                Con un leve movimiento de mis brazos consigo por fin que mi traje descienda y muestre mi Yo más excitante. Intenta resoplar bajo la mordaza, pero tampoco puede. El aire se le escapa por los huecos que deja la tela e imagino su boca reseca, anhelante del riego de mi lengua. Pero no se lo daré. Hoy soy mala, ¡muuuuy mala!

                Aunque me lo estoy pasando bien, creo que me estoy entreteniendo demasiado y acelero mis movimientos. Me desprendo del sujetador con una facilidad pasmosa y tras abrirme de piernas dejando las suyas en medio, enfrento mi única prenda a su rostro. Su boca se muere por besar mi monte de Venus, pero tampoco puede. Hasta yo puedo oler el aroma que desprende mi flujo, por lo que imagino que él debe estar ya pegando saltos, aunque no eso puede.

                Me bajo la braga y sus ojos muestran sorpresa al ver la zona rasurada. Nunca me lo he dejado pelón, pero hoy es todo diferente. Tan diferente que cuando Salva piensa que me voy a ensartar en él, suena puntual el timbre de la puerta. Encoje los ojos cuando ve que no me sorprendo. Asiste impasible mientras me doy la vuelta, cojo el antifaz y se lo coloco sobre sus ojos. Con uno de los sentidos que le queda oye cómo le digo que se espere, que voy a abrir la puerta al plato fuerte de la noche.



                Llego un par de minutos después acompañada de Óscar. Es un mulatito muy bien dotado al que conocí en mi despedida de soltera. He tenido que indagar bastante para dar con él, pero al final le he encontrado. Sabe que no puede hablar hasta que yo se lo diga, que para eso le pago.

                Se desprende muy rápido de su ropa y se queda completamente desnudo frente a mí, que me lo como con la mirada. Él ya está acostumbrado y no se sorprende lo más mínimo. Le digo con un gesto que comience con mi plan a la vez que escucho los jadeos nerviosos de Salva, que no se imagina ni de lejos lo que se le viene encima.

                Y lo que se le viene encima es un mulato muy bien dotado que suele hacer las delicias de mujeres… y hombres. Abre sus piernas y se sitúa en la misma postura que yo antes de que él llamase, pero ofreciendo su culo a un Salva ajeno a lo que sucede sobre su pene aún erecto. Me hace un gesto y yo le doy el lubricante que ha traído. Lubrica un poco la polla de Salva después de ponerle un condón mientras él jadea pensando que soy yo. Luego se abre las nalgas con las manos y tras bajar lentamente, encara su ano al pene de mi marido y se deja ensartar.

                Comienza a subir y bajar de forma lenta mientras que Salva arde en su silencio, en su oscuridad. Es en este momento cuando creo que ha llegado el momento de llevar a cabo la última fase de mi plan. Me acerco a mis dos hombres y con un rápido movimiento, retiro el antifaz de unos ojos que me muero por ver de nuevo. Salva no da crédito. Su cara es de puro terror cuando ve la espalda del mulato y entiende que estaba teniendo sin saberlo su primera relación homosexual mientras yo le miro excitada. Me duele un poco ver a mi marido follándose a Óscar, pero es la medicina que necesita mi "otro dolor".

                Veo que sus lágrimas hacen acto de presencia, pero aún le quedan muchas para llenar tantos cubos de ellas como yo he llenado en estos 3 meses. Él cree que ese es mi castigo y hasta me da pena de pensar en que su infierno no ha hecho sino comenzar. Mientras Óscar no deja de subir y bajar lentamente para que Salva no se vaya tan pronto, cojo la caja de condones que dejé sobre la cama, extraigo uno y me dispongo a usarlo. Tras sacarlo del envoltorio, lo sitúo en la punta del capullo del mulato y su fornida espalda priva a mi Salva de verme colocándole el condón con mis labios. ¡Vaya con la verga de Óscar! Apenas me cabe en la boca…

                Cuando lo tengo completamente situado, me levanto y veo la cara de mi marido, que es todo un poema, encharcado de lágrimas y entendiendo por fin de qué va todo esto. Me acerco a Óscar y aunque estoy bastante mojada por lo excitante de la situación, me cuesta un poco introducirme la polla más grande que jamás haya tocado mis paredes vaginales.

Pese a enfrentarme a Salva con el mulato entre nosotros, él no quiere mirar y baja su cabeza mientras se deja hacer. No le queda otra.


                Poco a poco se va dilatando mi vagina y ofrece menor resistencia. Da gusto sentir algo así en mi interior. Gusto no, lo siguiente. Estoy ya que ardo con lo que me obliga a hacer la putona que llevo dentro. No imaginaba que fuese capaz de llegar hasta aquí, pero una vez en este punto, me siento incapaz de parar. Y no sólo eso, sino que acelero mi ritmo y la cadencia de mis gemidos. Necesito más, así que poso una mano en mi clítoris y comienzo a masajearlo mientras Salva se folla a Óscar y este me folla a mí. Los tres allí unidos en un solo cuerpo, aunque sólo dos deben estar excitados a lo sumo. El otro… bueno, el otro está.

                Aún tengo una mano libre y hoy me siento viciosa, así que con no poco esfuerzo, la estiro y toco el pene de Salva a la vez que noto a cada poco el culo de Óscar golpeando fuerte al orgullo de mi marido. Óscar y yo jadeamos como locos. Salva, bueno, a Salva ya no hay quien le salve. Comienzo a notar un cosquilleo indescriptible que acelera más y más hasta que se instala en el origen de mi placer y con un intenso grito, me dejo llevar al mejor y más doloroso de mis orgasmos. Óscar hace lo propio y aunque no puedo asegurarlo, creo que Salva también se ha ido, pues aunque no follaba el culo que deseaba, su pene no es de piedra y tiene sus necesidades.

                Cuando me saco la polla de Óscar dando por concluida mi venganza, el mulato hace lo propio con la de Salva y en ese momento me acerco a mi marido y le retiro la mordaza.

                —¡Eres una zorra! —me grita como poseído.

                —Y tu un putero y desde hoy, un cabrón y maricón.

                No aguanta tantas emociones y se vuelve a derrumbar después de su arranque de ira. Baja la cabeza embargado por la vergüenza y así permanece hasta que Óscar se viste, le pago y se va. Cuando cierro la puerta de casa y vuelvo, sigue con la cabeza gacha y con la respiración aún entrecortada. Pero al sentir mi presencia, levanta la mirada más triste que le he visto y le veré en mi vida y se dirige a la zorra que tiene ante sí.

                —¿Por qué me haces esto? —me pregunta con amargura— ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora?

                —¿Por qué ahora? —repito yo—. Y tú me lo preguntas… Es ahora porque la venganza se sirve en plato frío. Es ahora porque jamás te perdonaré que me engañases en vez de abandonarme o amenazarme incluso con hacerlo si yo no cambiaba. Pero sobre todas las cosas, es ahora porque no permito que nadie pisotee a una mujer.

                Es ahora porque soy mujer.

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