¿Por qué ahora?



Este relato está dedicado con mucho cariño a mi querida Tropa.
Originalmente fue escrito en tiempo real en Twitter.

               
                22:50
                Son casi la once de la noche y, como siempre, veo la tele solo. Bueno, la miro, pero no la veo. Estoy sumido en mis pensamientos, también como siempre. En realidad, no sé por qué me atormento. Quizás sea porque nunca creí en las causas perdidas y en el caso de Silvia, de mi Silvia, cada vez me cuesta más encontrarla. Incluso aunque la tenga frente a mí, como ahora, como siempre. Ella siempre ríe mientras yo pienso. Siempre chatea mientras yo la anhelo. Siempre presente, aunque siempre ausente. Toca seguir pensando...

               23:20
                La once y veinte. Aprovecho el descanso de la película y me levanto a echarme un vaso de leche.
                —¿Quieres algo? —le pregunto tristón.
                Tensa espera...
                —¿Me has hablado, cariño? —me pregunta sin levantar la cabeza de su móvil.
                —No, hablaba solo. —No sé para qué pregunto...

               23:45
                La película se me hace eterna, así que decido irme a la cama. Apago la tele y le digo que me voy a acostar, aunque no me hace mucho caso. En previsión de que su animada charla se prolongue, le expreso mis sentimientos con un gélido beso y ella apenas mueve sus labios. Sigue con sus cosas y no es capaz de mirarme a los ojos mientras me besa.
                ¡Qué triste a lo que hemos llegado!
                Me voy a dormir, a pensar más...

               06:15
                Me levanto de mala leche porque me desvelé cuando, a las cuatro de la mañana, ella se acostaba.
                ¿Cómo puede tener tanto que hablar?

                06:30
                Como siempre que termino de arreglarme para salir a currar, enciendo la luz del pasillo para ver su cara sin que se despierte y al observarla mi corazón se ilumina más que su rostro.
                ¿Qué potente veneno metiste en mi sangre para que me hierba con sólo mirarte?
                Pero se me hace tarde y debo dejar atrás los únicos instantes del día en que ella es mía. Ahí tumbada, desprotegida y a mi merced le hago el amor varias veces con mi mirada, como hace mucho que no hago con mi cuerpo.
                —Hasta luego, cariño —le digo y beso sus labios.

                06:35
                Pero entro en el coche y comienzo a comerme la cabeza de nuevo con nuestro distanciamiento.
                ¿Por qué ha de ser así?

                06:55
                Llego a la redacción y aunque todos se muestran muy cordiales saludándome, yo apenas mascullo algo ininteligible. Como siempre.

                09:15
                Ando redactando una noticia que no interesará a nadie sobre la presentación del libro de un desconocido Alex García, salvo a sus allegados. Y como siempre, María José posa sus cálidas y suaves manos sobre mis ojos y pregunta "¿quién soy?". Yo simulo no saberlo para seguirle el juego. Es persistente, pero siempre me saca una sonrisa.
                —¿Te apetece un café? —me pregunta un día más. Y un día más le voy a contestar que no, pero al mirarla a la cara, algo ha cambiado. Algo no es "lo de siempre". Algo no, todo, toda ella es diferente. Hoy no lleva gafas, se ha maquillado y me atrevo a mirarla por primera vez como mujer, no como compañera.
                —Con leche, por favor —le respondo por fin empujado por el brillo que desprenden sus ojos. Un brillo que sólo vi en mis inicios con Silvia.
                ¡Hace tanto ya!...

                09:45
                —¡Bufff! Llevamos media hora de café. O seguimos currando, o el bestia de Paco nos pone en la calle —le sugiero con desgana. Y es que hace mucho que no lo pasaba tan bien. He descubierto a María José como una persona encantadora, pero el Vin Diesel que hace las veces de redactor jefe podría estar oyendo desde su despacho nuestras efusivas carcajadas. No me queda más remedio que seguir... pensando.

                11:55
                Abro mi cuenta de correo y un intenso pellizco me acompaña al comprobar que tengo un email de María José. Debe haberlo enviado unos minutos después de nuestra charla.

                "Me lo he pasado genial", me cuenta. "Podríamos continuar mientras almorzamos. Un beso, guapo".
                ¡Joder, joder, joder! ¿Qué hago? Jamás había pensado que estas cosas pudiesen suceder en la realidad o quizás es que sólo tenía ojos y pensamientos para Silvia. No quiero hacerle esto... ¡Qué demonios! Sólo vamos a almorzar y me niego a despreciar un rato agradable con María José. Al menos ella disfruta hablando conmigo. Irradia felicidad en su mirada. Creo que le gusto y la verdad es que ahora que me he fijado en ella, no está nada mal. Pero sólo vamos a comer y pasar un rato divertido. Le contesto que a las 3 nos vemos y escribo un mensaje a Silvia avisándola de que no comeré en casa.

                12:00
                Me contesta, pero no lo abro para no arrepentirme. Estoy estúpidamente nervioso. Me siento como si fuese a engañarla, después incluso de tanto como llevo soportado. Merezco airearme un poco y no recriminarme nada. Me vuelve a escribir y mi yo más responsable me obliga a leerlo.
                "Nunca comes fuera. ¿Pasa algo, cariño? Te echo mucho de menos."...
                Mira que la quiero con locura, pero ¿se puede ser más cínica? Sólo cuando ha olido a sangre ha sacado a pasear a la leona que lleva dentro. Sin remordimientos esta vez, le respondo que tengo que hablar de trabajo con una compañera y luego apago el móvil. Si es que...

                12:10
                Me he dejado el correo abierto y me suena la entrada de un nuevo email.
                "Te veo muy serio. ¿Quieres que lo dejemos para otro día?"
                "Ni mucho menos", le respondo mientras cruzo con la mirada los 10 metros que nos separan. Su cara ilumina más que el Sol cuando me lee.

                15:05
                Decidimos almorzar en un coqueto restaurante que hay a 2 calles de la redacción y hacia allí nos dirigimos charlando de trabajo. María José acaba de ganarme.

                16:10
                Le ha sonado el móvil hasta 3 veces en los 20 minutos que llevamos en el local y ¡¡¡lo ha ignorado!! Incluso le pregunté si no iba a contestar. Me respondió que serían sus amigas, que no iba a dejar de hablar conmigo por hablar con ellas. El camarero llega para preguntar por el postre y ella dice que no quiere nada, por lo que decido pedir la cuenta. Mientras no la trae le pregunto a María José que por qué no quería postre y me contesta que lo prefiere en otro lugar. Yo, poco acostumbrado al rioja, le sugiero ir a otro lugar y ella asiente. Luego me doy cuenta de lo torpe que he estado para no pillar su indirecta. Ella se refería a "otro lugar".

                16:20
                Cortado por la tensa situación, la llevo a una cafetería-heladería que hay cerca en silencio. Ahora no puedo decirle que no. Ahora, en silencio, es cuando vuelvo a acordarme de Silvia. De sus silencios, sus indiferencias, sus ninguneos, sus amigas...

                17:05
                Al final nos hemos relajado tomando un helado y hemos vuelto a las bromas y risas. Ambos divertidos con la presencia del otro, decidimos ir al local de copas que hay justo al lado para tomarnos algo con la excusa de jugar una partida de billar. Cuánto hace que no lo pasaba tan bien. Me siento como si la conociese de toda la vida. Cercana, cariñosa, divertida y encima ¡me mira cuando le hablo! La mujer que amo está muy lejos de allí y por primera vez desde que la conocí, no la echo de menos. No sé si será bueno o malo, pero no quiero pensar.

                17:30
                Por fin ha terminado la partida de la pareja que nos precedía y nos disponemos a comenzar la nuestra. Me dice que "rompa" yo y así hago. Ya tengo la mosca detrás de la oreja con todo lo que dice y ese "rompe tú" no sé cómo tomármelo. Me estoy enparanoiando mucho creo... Pero me olvido de todo cuando le toca golpear a ella.
                ¡Vaya cómo golpea! Se quita la chaqueta, se remanga y se inclina sobre la mesa de tal forma que me regala la visión más erótica que he visto en meses. No sé si me lo parece a mí o está pasando muchas veces el taco por el agujero que ha formado con su dedo índice para tener mayor control.
                ¡Cierto! Tiene ya un control absoluto sobre mi mirada...
                Pero vuelve de nuevo mi Yo responsable y miro a donde debo mirar, por muy placentero que sea mirarle el culo tan respingón que tiene. Es una situación muy embarazosa, pero mi buen hacer jugando al billar no me permite dejarla golpear de manera tan torpe de nuevo. Decido entonces usar mi tercer golpe para enseñarle cómo se hace. Pero llega su turno y vuelve a colocarse mal. Me dice que la ayude. Calor...
                Me sitúo detrás de ella y manteniendo una distancia mínima, intento que se coloque bien. Ella quiere guerra y se encorva más para sentir mi contacto.
                ¡Joder! Esto no puede estar pasándome a mí...
                Pero aunque me viene a la cabeza Silvia, el imán de María José en su culo no me deja retirarme. No sólo eso, sino que centro mi sexo sobre la ranura que se esconde bajo su falda y ejerzo mayor presión.
                ¿Qué me pasa?
                Decido acelerar el golpe y vuelvo a la mesa para beber de mi copa. Se me ha secado la boca. Tanta calor ha evaporado mis reservas. Alegando que ya sabe golpear, la dejo seguir sola hasta el final de la partida y luego le comento que voy a pagar las copas.
                —Debo irme.

                18:45
                Desde que le dije que debía irme, apenas ha hablado. Me ha pedido que la acompañe a la parada del autobús, pero mi Yo más cortés no la deja irse en bus y le dice que yo la llevaré. Ya estamos en el coche los 5; ella, mi Yo cortés, mi Yo inocente, mi Yo insensato y yo. Juntos vamos riendo, bromas y ocurrencias para que el viaje se nos haga muy corto. Hemos llegado y el silencio que se hace avisa de un momento tenso, un momento de nerviosismo, de ardor juvenil en el estómago. No sé por dónde me va a salir, así que tomo la iniciativa y le doy 2 besos.
                ¡Menos mal, ha sido fácil!
                Me dice que ha sido su mejor tarde en mucho tiempo y yo le digo lo mismo. Pero llega lo que me temía...
                —¿Te apetece subir a tomar algo? —me dice y cuando voy a responder que no, vuelve a la carga—. No te lo he comentado, pero en mis ratos libres me dedico a escribir. Jamás se lo he enseñado a nadie y me gustaría que tú seas el primero.
                Bufff, es complicado respirar con mi Yo responsable a mi lado, así que lo mando a paseo.
                —Va, sólo una copa eh —le respondo engañándome. Me arrepiento seguro…

                19:15
                He sido demasiado desconfiado quizás. María José me ha puesto una copa y me ha pasado unos manuscritos que ahora mismo estoy leyendo. Es buena escribiendo. Son relatos cortos, relatos eróticos, relatos que consiguen que deba cerrar mis piernas.
                ¡Joder con María José!
                Cuando ve que estoy terminando mi copa, se anticipa antes de que le vuelva a decir que debo irme y me pasa un nuevo papel en color crema. Me dice que lo escribió el lunes para mí porque me vio muy triste. Yo sonrío porque no me lo trago, pero al comenzar a leer, veo la dedicatoria. Está mejor escrito que los demás, con letra que parece rotulada con esmero. Al principio hace brillar mis ojos, pero luego no puedo evitar excitarme. Cuenta que nos liamos, pero eso no es lo curioso, sino que ¡todo lo que leo es lo mismo que hemos hecho hoy!
                —¡Qué imaginación! —le digo porque no sé qué decirle.
                —Bueno, es un sueño casi hecho realidad —me contesta y luego comienza a acariciar mi hombro por encima de la camisa. Se me erizan hasta los vellos del pecho que me rapé ayer por la tarde...
                Debo cortar esto y cuando le voy a decir que esto no es posible, comienza a meter sus dedos entre mi cabello y me deja sin pensamientos. Al ver que no reculo, va más allá y sitúa su otra mano en mi pecho. Me quita un botón de la camisa. Y luego otro y otro más. Jadea cuando siente la suavidad que acarician sus dedos. No sé qué me pasa, pero no puedo reaccionar. Intento pensar en Silvia pero, si antes estábamos distanciados, ahora estamos con varios universos entre nosotros. Y el universo en el que estoy me gusta, me excita, me vuelve loco. Y como un loco me lanzo a buscar sus labios. El primer contacto lo recibo como una descarga de 2 millones de voltios. Esta mujer despide pura electricidad. Y de forma electrizante comienzan a danzar nuestras lenguas, con una pasión exagerada. Soy yo quien más lanzado va, motivado por la escasez de afecto, cariño y deseo que encuentro cada día en casa. Aún así, ella responde con idéntico frenesí.
                Casi nos acabamos de conocer, pero ya vamos de la mano. Aunque ahora van por libre precisamente. Las mías buscan ese culo que me vuelve loco desde esta tarde. Las de ellas van como los ojos de un camaleón, cada una a su aire y de forma diestra y veloz. Me quita el resto de botones con una, mientras que con la otra sigue acariciando mi cabello manejando mi cabeza a su antojo. Yo necesito más y voy directo a sus dos pechos pequeños, pero perfectos. Le rozo ambos pezones sobre la blusa y aunque parecían ya afilados, ahora casi cortan.
                Urgencia...

                La tomo por los hombros y la obligo a levantarse para tomar el control. Le comienzo a quitar la ropa con mucha urgencia y ella continúa con mis pantalones. El tiempo parece ir más lento, pues no creo que haya pasado ni un minuto y ya estamos ambos completamente desnudos. Ella me mira, yo la miro. Ella me desea, yo la deseo. Ella se lanza y yo voy a su encuentro. Nos abrazamos como posesos y una tormenta de caricias nos azota de manera embriagadora por todo el cuerpo. Sí, todo el cuerpo. Y es que ya somos un solo cuerpo que se revuelve y se convulsiona con cada caricia, con cada contacto, con cada degustación. Sí, ella ya ha comenzado a lamerme los pezones y ¡le gusta!
                —Están salados, saben bien, saben a hombre —me susurra al oído y me pone cardíaco, a cien. Pero cuando mis ojos no aguantan abiertos, ella aprovecha y castiga mi capacidad de aguante posando su mano sobre mi polla. La envuelve entre sus dedos y comienza a masajearla con bastante destreza.
                —¿Por qué no te he conocido antes? —le susurro y eso parece activar el turbo de su pasión. Aprieta aún más mi pene y juguetea con su dedo en mi prepucio. Yo permanezco casi quieto, embrujado, pero en un segundo de lucidez, llamo a mi Yo agradecido y poso mi mano en su entrepierna. También la he cogido desprevenida, según anuncia un sugerente gemido que escapa de sus labios perfectos. Introduzco un dedo sin resistencia alguna, húmeda como está en grado máximo. Gime y vuelve a gemir con cada exploración de su interior. Pero decido ofrecerle un volumen del cual carece mi dedo índice, así que introduzco el corazón y con ambos dedos consigo que se deshaga sobre mi mano. Está a pique de un repique y cuando me dispongo a regalarle un orgasmo que pide a gritos masajeando su clítoris con el pulgar, ella desangra en mi oído su secreto más íntimo.
                —Meses esperando este momento y no se lo voy a regalar a tus dedos. ¡Fóllame!
                No hace falta rogarme. Para evitar un nuevo motivo de sonrojo con mi torpeza, cojo mi pene con la mano, lo sitúo y embisto con la fuerza que ella demanda. Su recibimiento es cálido, placentero, húmedo, receptivo, excitante hasta extasiar. Ambos nos movemos a la vez ambos buscamos lo mismo, ambos jadeamos y gemimos hasta parecer ensayado. Sólo unas horas y ya estamos más compenetrados de lo que con Silvia estoy. Pero a María José le importa poco estar compenetrada, ella goza siendo penetrada con fuerza, casi con violencia. Sudamos hasta conseguir los mismos fluidos fuera que dentro. Pero pronto se declina la balanza entre tanta fricción desenfrenada y su interior queda completamente inundado con nuestros licuados deseos.
                ¡Ha sido brutal! La mejor experiencia sexual que he tenido en mi vida, pero tanto esfuerzo hace que me fallen las fuerzas. Me salgo y a ella no parece importarle mucho que pueda llevarme conmigo parte del resultante de tanta pasión. Destrozada también, poco o nada le importa que pueda mancharse el sofá.
                Ambos cansados, ambos dormidos...

                20:40
                Me despierto, miro el reloj y veo que ha pasado casi 1 hora. Me lo estoy pasando de vicio, un día inolvidable, pero debo marcharme. Me visto procurando no despertarla, pero cuando me abrocho el pantalón, su dulce voz me sobresalta.
                —¿Volveremos a vernos? —me pregunta.
                —Seguro —le respondo—. Mañana nos veremos en el trabajo —añado burlón.
                —No juegues conmigo, anda.
                —Marijose —acorto su nombre—, lo de hoy ha sido increíble. Una experiencia con la que jamás hubiese soñado si quiera. Pero sabes que estoy casado, aunque después de esto, no sé cómo se presenta el futuro.
                —Lo entiendo —responde sometiéndose a lo que depare el caprichoso destino. Le doy un suave y casto beso en los labios y me despido.

                20:50
                Ahora viene lo peor, lidiar con mi Yo tormentoso, el que no me dejará tranquilo en todo el camino a casa. ¿Seguirá siendo "casa" después de hoy? Enciendo el móvil y él responde a mi pregunta al ver las 27 llamadas perdidas de Silvia... Arranco el coche con la mano temblorosa. "Ya es tarde para arrepentirte, gilipollas", me dice la voz de mi conciencia. Debo afrontar mi nueva realidad y ser consecuente con mis actos. Ya puedo sentir que la mujer que amo se desvanece ante mí, aunque hace mucho que lo hizo. No ha correspondido tanto amor como le he dado, pero lo mío no tiene perdón. Hace un rato gozaba de placer y ahora me doy asco.

                21:10
                Aparco el coche, salgo hecho un flan y apenas puedo meter la llave en la cerradura de la unifamiliar que tanto trabajo me costó tener por fin, para ahora perderla de golpe en una tarde demencial.

                21:15
                No me queda otra que entrar por la puerta de casa junto a mi Yo hundido. Ambos cruzamos la puerta y ambos nos sorprendemos por no ser recibidos con un garrotazo. Avanzamos hacia el salón y es entonces cuando todos mis Yo confluyen en uno solo y todos abrimos la boca sorprendidos al ver que mi amada esposa ha elegido el peor día para comportarse como tal. La oscuridad del salón no es plena gracias a la penumbra de las velas que adornan una mesa cuidadosamente adornada para la más cruel de las cenas románticas que podría regalarme mi querida esposa, mi amada esposa. Las lágrimas recorren mis mejillas sin nada que fracture su caudaloso cauce. Embargado por una tristeza descomunal, sólo se me ocurren tres palabras que decirle a ella y al que nos observa comiendo palomitas desde su trono en el cielo.
                —¿¿¿Por qué ahora???



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