Yo leo y tú cáncer



Yo leo y tú cáncer

Un relato de Alex García


Esta historia está dedicada con mucho
cariño a mi querida Tropa y en especial, a una tropera.

 
                 Yo leo, leo y leo y no encuentro nada que me convenza, no encuentro una salida distinta de la convencional. Por más que investigo, siempre me topo con la misma realidad y lo cierto es que hace sólo unos meses desconocía por completo mucha información que hoy sí domino. Por supuesto que ella no sabe nada de lo que hago en mis ratos libres, pero se lo debo. Le debo estar al menos informado de la naturaleza que la rodea y es que, por desgracia, es algo de lo más natural.

                Hoy hace ya diez meses de aquel maldito día en que nuestro pequeño universo cambió por completo. Diez meses desde que yo voy hacia abajo y ella hacia arriba. Antes la quería con locura, pero es que hoy siento una extraordinaria admiración por ella que no se puede describir con palabras. Admiro lo bien que lo está llevando, que sea precisamente ella quien nos levante a nosotros… ¡Tiene cojones la cosa!

                Salvo cuando su estado no se lo permite, no ha dejado ni un solo día de llevar a nuestro hijo al colegio, de ejercer como ama de casa, de seguir siendo mi amiga y mi amante, de inventar la normalidad donde hace mucho que nada es normal. Es increíblemente fuerte, es increíblemente… increíble.

                Cada día me congratulo por tener el privilegio de que sea mi amanecer, mi atardecer y mi anochecer. Ella lo es todo para mí, ella es capaz de ser eso y mucho más. Ella es capaz de lo que quiera porque lo que quiere es lo que es. Por eso y sólo por eso la amo con locura. Bueno, por eso y por un millón de cosas más.

                Pero a pesar de todo, hoy estoy enfadado porque no me ha permitido compartir con ella su momento. Yo leo y leo mil veces la nota que me ha dejado y por más veces que la leo, menos entiendo que no haya querido compartirlo conmigo. Quizás este detalle sea el que no la deje rozar la perfección. El comerse sus problemas y no compartirlos con nadie, y nadie me incluye a mí, es algo que me saca de quicio.

                Pero suena la llave entrando en la cerradura y me pongo de los nervios. Salgo disparado por el pasillo para recibirla sin rencores. A ella y a lo que traiga bajo el brazo. Pero cuando la veo aparecer tras la fría madera del portón, el cuerpo me arde, las piernas me flaquean y dos ríos nacen en mis mejillas aunque estamos en noviembre y no cae ni una sola gota.

                Hasta el día de hoy, yo leo, leo y leo, mientras que ella cáncer, cáncer y cáncer. Pero su rostro es suficiente para no tener que mirar el informe que trae bajo el brazo. Sus ojos y su sonrisa iluminan nuestro presente y su entereza para llevar la enfermedad que hoy toca a su fin marcan el camino de nuestro futuro. Un futuro en el que nos querremos igual que siempre, pero disfrutaremos de cada día juntos como nunca.





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